Leyes universales

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Te eché de menos

en el espacio

un lugar cerca de Marte

la inmensidad, la negrura

en la ventana de la aeronave

el vacío

tachonado de estrellas

diminutas

como luciérnagas

frágiles

o suicidas

Observaba el vaho sobre el cristal

un vaho terrenal

retráctil

vulgar

el oscilante dibujo

de mis adentros

una mancha de niebla

en la que triste

mi dedo

dibujaba un corazón sideral

y perentorio

Recordé cuando te dije

te querré

así en la tierra

como en el cielo

Las mismas cosas

dolían

a 200 millones de kilómetros

hay asuntos

que no puedes dejar atrás

huidas absurdas

ingenuas

leyes

demasiado universales

Te echaba de menos

el ruido del compresor

y más allá un silencio

que dolía atravesando el fuselaje

de los huesos

me acordaba de ti

miraba tus fotos

sobre el panel HD

tu desnudez más densa

que tu propio cuerpo

más grande

que tu propio cuerpo

primeros planos

de tus pechos

de tu cadera

la incorrecta estructura

de tu boca

 

Un baño de píxeles

fríos

indiferentes

táctiles

del modo más unilateral posible

el tiempo era una papilla

indigerible

Me masturbaba en la sala

gravitacional

el semen formaba esferas

 

 

como satélites

giraban en torno a tu recuerdo

El Amante

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En una ocasión tuve un amante y las cosas no resultaron como yo pensaba que iban a resultar. A mi él me gustaba mucho, era un hombre interesante, muy culto y amable conmigo aunque lo que más me atraía  era su cuerpo, hermoso y atlético. Él hacía deporte a diario y se notaba, se cuidaba en general mucho y conservaba todo su pelo. Justo al contrario que mi marido que estaba casi calvo y que pasaba casi todo su tiempo libre leyendo libros en los que al parecer pensaba encontrar algún tipo de redención,olvidándose por completo de hacer ejercicio o aplicarse cremas o incluso a veces de asearse o lavarse los dientes. Sin embargo yo quería a mi marido con locura, había algo en él que yo sabía que no encontraría en ningún otro hombre sobre la faz de la tierra. Así que lo único que yo buscaba en mi amante era un poco de sexo novedoso y diferente.

Entre el amante y yo  había un enorme electromagnetismo animal. Lo de eletromagnetismo animal lo dijo él, el amante, en una ocasión y a mí me pareció un poco cursi al principio pero finalmente tuve que admitir que describía exactamente lo nuestro.  La primera vez que nos acostamos empezaron los problemas. Todo fue a la perfección desde un punto de vista mecánico, y desde luego él se mostró muy satisfecho pero yo sentí que algo no funcionaba como debía. Era como si el hombre que estaba abrazándome, besándome, lamiéndome  y penetrándome fuera un completo extraño. Si lo pensaba con calma el hecho de que fuera un extraño, (en parte lo era) no constituía un inconveniente sino un aliciente más a la relación, pero eso no aplacaba mi desasosiego.

Mantuvimos relaciones en varias ocasiones el amante y yo, pero en cada una de ellas  sentí un rechazo inexplicable hacia su piel por más que la encontraba tan suave y caliente y en  realidad muy acogedora. No hubo forma de que yo disfrutara aquello.Me hice preguntas. Tal vez al final yo era una persona más conservadora  de lo que pensaba. Tal vez era incapaz de cometer adulterio porque en mi infancia me inocularon unos valores judeocristianos ya trasnochados que años más tarde me impedían follarme como dios manda a un tío que estaba como un pan de los pies a la cabeza. Tuve dudas al respecto. Desde luego mi marido no iba a resultar dañado, no podía enterarse ya que los encuentros adúlteros ocurrían gracias a mi profesión muy lejos, en otro continente.

En cualquier caso tuve que abandonar a mi amante. Lo hice con pena, era infinitamente mejor que mi marido en la cama, y de hecho tras experimentar con otro hombre concluí que mi esposo era un compañero sexual mediocre y perezoso, un  desastre aunque tenía que admitir que lo quería con locura de todos modos.

Un mes más tarde mi marido me dejó por otra. El muy hijo de puta se iba a vivir con una imbécil de 23 años a la que habría engañado con su cháchara vacua y con sus chistes que yo ya había oído mil veces. Odié a la chica de 23 años, su cuerpo delgado, su piel sin arrugas. Grité mucho a mi marido. Hubo muchos insultos por mi parte. Insistí mucho en su calvicie, le llamé calvo de mierda. Por despecho le conté lo de mi amante. Él se reía pero no decía nada. Luego se puso serio y me dijo que él jamás hubiera cometido adulterio. Que él me había respetado hasta la fecha,que no había besado a la chica de 23 años ni se había acostado con ella, aunque ahora que lo nuestro estaba zanjado pensaba hacerlo repetidamente. En abundancia.

Después de eso lo intenté de nuevo con mi amante, me casé con él incluso y luego me divorcié. Después vinieron otros, muchos pero ninguno logró que lo olvidara. Su cuerpo fofo. Su intachable conducta moral. Su lírico mundo interior.

El calvo de mierda.   

Guerra, sexo, muerte, amor.

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Allí estaba. Era ella. Claro que era ella. La misma pero quince años más tarde. El tiempo la había cambiado. Ya no tan joven. Menos sonriente tal vez. Sí. Menos sonriente pero era ella. Igual de hermosa. No sé si más incluso. Con un gesto inteligente, con esos ojos brillantes. Me avergoncé de pensar en ello, de fijarme en algo así, pero es que no estaba gorda. No había engordado como hacían muchas mujeres a su edad. Tampoco sé cuál era su edad, pero lo podía adivinar porque cuando la conocí parecía ser tan joven como yo lo era. Aunque no me lo dijo. No pregunté. Cómo le iba a preguntar eso hombre. Tal vez no hubiera sido capaz de todos modos. Mi francés era torpe entonces.   Así que no sabía cuántos años tenía pero sí cómo era su cuerpo. Quiero decir que sabía cómo era su cuerpo antes al menos. Una vez lo supe hacía ya quince años. Había una guerra, aquí. Yo estaba de permiso. Un día y medio lejos de la trinchera. Un soldado joven. Mi  rostro duro, mi gesto heroico escondía el miedo. La sangré ácida mordiendo las paredes de las venas.  Yo era un cobarde y sabía que lo más probable es que muriera. Que muriera pronto. Todos habían muerto y los que no lo habían hecho habían perdido un brazo o dos piernas o iban a morir de todos modos antes de llegar a casa.  Otros se habían suicidado y esos eran los más valientes. Cuando cerraba los ojos veía metralla atravesar mi cuerpo. Al despertar me palpaba el vientre, el abdomen, el pecho, contaba mis dedos.

Salimos por aquel pueblo yo y dos más, avergonzados casi de estar vivos. ¿Por qué estábamos vivos? No lo sabíamos pero así era al menos de momento. Había chicas bonitas. Hablaban un francés melodioso. Qué nos decían. Ni idea, pero algo hermoso como sus caras sonrientes. Bebimos algo francés, muy dulce. Un vino barato y peleón. Bebimos todo lo que pudimos. Intentábamos olvidar quiénes éramos. Nuestros nombres. Nuestro destino. Nos conformábamos con recordar algunas partes de nuestro pasado. Queríamos vivir ahí, en el pasado. Queríamos que el vino suprimiera el presente del mismo modo que la guerra suprimiría nuestro futuro. Queríamos borrar las caras de los hombres que habíamos matado sin saber muy bien por qué. Para que no nos mataran ellos, supongo. Esas caras vacías de pronto se grababan a fuego en tus pupilas. Sonaba una música triste en aquel bar extraño. Cantaba una mujer. Todos parecían escucharla de repente. Queríamos llorar. Queríamos reír también por la belleza de esa música. No sabíamos de qué hablaba esa voz joven, limpia, pero imaginamos que le cantaba a un novio que estaba en una guerra.  Imaginamos que prometía guardar su virtud para cuando regresara él, que pasaba las horas mirando por la ventana esperando ver a su novio. Su novio que volvía con dos brazos, dos piernas y dos medallas. Un organismo válido aún para el amor, válido para amar el cuerpo intacto de la cantante.

 Mientras tanto el vino entraba en nuestros corazones como un emperador romano. Invadía nuestras vísceras, las alzaba, las aligeraba.  Ella se acercó a mí con timidez, sus ojos tristes. Pronunció algunas palabras en francés. No esperaba que yo las entendiera. Era rubia.  Luego estuvimos en silencio un largo rato. Bebíamos  y bebíamos.  No se oían disparos ni explosiones allí. Era agradable estar junto a ella y me valía. Me valía con observarla. Dudé. Era hermosa sólo en medio del horror o era sencillamente hermosa. Me cogió la mano. Me llevó a un establo abandonado y limpio. Era verano aquella noche. Pisamos la hierba, atravesamos un jardín,  la tierra mullida. Ella llevaba una botella de vino y ahora se reía. Al fondo, en el firmamento, justo al borde del horizonte se veían destellos. Explosiones minúsculas por la distancia. A lo lejos parecían fuegos artificiales de un país extranjero. Los miramos como el que mira las estrellas del cielo en un verano largo. En una playa. No pensamos en los hombres franceses que ya habían muerto.  Seguro que su padre. Seguro que un hermano o dos. No quedaban ya hombres.  Tal vez un novio había depositado su sangre cerca de aquel lugar oscuro, vertida lentamente, un orificio irregular en un costado. Una abertura negruzca  en la carne y torpemente tapada, apenas cubierta con una mano sucia,  ungida también con la sangre. No quedaba ninguno. Algún anciano. Pocos. La hierba regada de coágulos rojos, negros.

 Hicimos el amor sin hablar. Nos besamos después de una manera lenta,  en silencio, se oían grillos. El ladrido de un perro. Supimos que aquello sería un recuerdo indestructible o tan indestructible como llegáramos a ser nosotros. Poco o nada. Seres efervescentes.  Supimos que habíamos hecho un hueco en la memoria, una muesca en nuestros corazones. Que habíamos hecho algo cálido y hermoso en medio de un frío gélido y prolongado. O algo que debería salir en los libros, en los manuales de historia. Y supimos que no saldría y eso sería injusto, pero todo era injusto entonces y también ahora.  Luego me fui. Seguí matando a otros hombres durante algunos meses. Nadie me mató a mí. Ganamos la guerra. Al parecer. Me quedé en Francia y me casé con la francesa equivocada. Miraba ahora a mi esposa, ella sí enorme. Se había duplicado, o triplicado. No la odiaba. No es que la odiara, pero sí odiaba vivir junto a ella. Su voz, su presencia llenando mis días de indiferencia. La reunión con sus amigas los domingos. Los bizcochos del miércoles. La bici estática al lado del sofá. Los veranos en Bretaña una y otra vez.  Y frente a mí veía a la chica que acaricié en medio de una guerra. El tren llegaría pronto a la ciudad. Saldríamos del vagón, de la estación, la perdería de vista, puede que para siempre.

Entonces tuve nostalgia. Del espanto digo.  De la muerte digo. Joder, era extraño, un sentimiento abyecto, pero deseé volver  a aquello. Al miedo. Al silbido mortal de las balas recorriendo el aire, pasando de largo, haciendo de la existencia algo intenso y valioso. Explosiones que te hacían celebrar la santa integridad de tu cuerpo como si te hubiera tocado la lotería cada vez. Por aquel entonces a nadie le importaba su colesterol, importaba poder andar, correr. Saltar al cobijo de una trinchera que olía a mierda. Hubiera vuelto entonces a  ese lugar. También a un cuerpo cálido, delicioso, caricias insuperables, un refugio de calor en medio del más absoluto horror que sacudía tu cuerpo. Que sacudía tu cuerpo esquivando la muerte.

Cualquier cosa mejor que el tedio de esta lenta extinción.

Detroit 2

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Compremos una casa en Detroit te dije. Me imaginaba la casa. Tú y yo. Un Jardín. Un garaje. Un árbol. Una casa tierna y triste. Un tejado. Apenas marrón. Apenas tejado. Y sus ventanas. Orificios sorprendidos de su suerte. Ojos viendo crecer un desierto en un lugar equivocado. Compremos una casa. Y había miedo en mis palabras. Y entre Detroit y yo un océano. No sólo de agua. La casa. El pequeño porche. La calle silenciosa. Tu falda nueva y blanca agitada con el quejumbroso baile de una mecedora. Tú y yo en Detroit. Una casa grande y hueca. Dejémoslo todo. Compremos una casa. La casa olerá a exilio. Huellas de un abandono apresurado. Como el nuestro. Dos hijos y un matrimonio. Él negro. Ella blanca. Ya casi no se querían cuando todo se fue al garete y nadie cortaba el césped. Mírala. Detroit. La casa. Una ciudad derrotada. Siempre será por la tarde. Un calor incorregible y pesado. Perros a punto de cruzar la calle que a estas alturas es ya una boca desdentada. Compremos la casa. Cien dólares más hipoteca. Solo tendremos que echar a las ratas. Desechar recuerdos dormidos en sus paredes. Arreglar unas tablas y desahuciar a los fantasmas. Hagámoslo. Miraba tu pelo y quise tocarlo cuando lo dije. Detroit. Escribiremos poemas. Uno o dos cuentos. Tal vez nos besemos allí. Mientras la vegetación crece sigilosa y loca. Ocultando la casa. La calle. Ocultando la ciudad. Mi coche.

La aguda vergüenza de nuestra huida.

Inspirado por Xabi Lainez y su Detroit.

Las Bellas Ciclistas

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Había llegado el buen tiempo,
las bellas ciclistas se contoneaban
encima de sus bicis
llevaban sus tersos glúteos al algún
lugar al que llegaban tarde
y miles de amantes
las esperaban
limpios, aseados y peinados
deseando que las bellas ciclistas
llegaran con su piel levemente lubricada
un leve sudor que es como la
joven fragancia de sus adentros
y que sabe a recolección de primavera
cuando se posa en tu lengua.

 
Todos deseábamos besar
a las bellas ciclistas en la boca
sentir incluso las lujuriosas
livideces de los sillines
de las bicis recién aparcadas
en las ávidas yemas de nuestros dedos.

Todos soñábamos
bajo el atrevido sol de junio
con probar el tacto y la textura
de esas piernas
con las que iban de un lado para otro
ni muy rápido
ni muy lento
(justo como deben hacerse todas las cosas)

Y yo me preguntaba y me pregunto
si no hay alguna metáfora
del mundo
o el universo
oculta y definitiva
en el movimiento circular
e interminable
de aquellas piernas.

CULPA

No podías con la culpa, era superior a ti, no podías, ni siquiera te quitabas el anillo, te pedí que te lo quitaras pero no lo hiciste, no lo hiciste jamás, preferías que fuera así, y no sólo eso, lo mirabas con frecuencia, lo mirabas cuando más te gustaba lo que te hacía,observabas fijamente el anillo brillar y lo acercabas a tus ojos cuando te hacía eso que él no sabía, cuando te hacía eso, y sentías la culpa, y yo pensaba que encontrabas placer en ese dolor profundo, cuando lamía tu piel, y lo pensaba en cada ocasión, cada vez  y  te veía llorar o gemir o todo a la vez, y no podías con la culpa repetías y no querías que aquello fuera hermoso, aunque lo necesitaras, aunque te hubieras matado si yo  hubiera dicho que hasta aquí, necesitabas sentir la culpa, necesitabas enfrentar la imperfección de la culpa a la perfección del amor, un error inmejorable, pero lo último que querías es que aquello fuera algo bonito,   eso no por favor, y buscabas que todo fuera torpe, inexacto, que nos moviéramos de una forma, sincopada y discorde, con caricias inapropiadas, con palabras incorrectas e interrupciones extemporáneas y elegías lugares desagradables,  donde el mar estaba sucio, donde todo olía mal, playas escondidas donde los peces sólo iban a morir, donde recalaba la basura de los océanos, hay lugares en la tierra que tienen remordimientos, me dijiste, lugares donde el mar es negro, pero no ese negro que es  profundo y al que quieres entregarte no, un negro que da miedo, un negro entrañas adentro,  un negro negro, calles nauseabundas, o bares sórdidos, en baños tan sucios que todo daba asco, y hasta la música era horrible y una noche me llevaste a un rincón repugnante,  un callejón que olía a meado y muerte y entonces repentinamente se puso a nevar, no sé cuándo fue, sería invierno o tal vez ya primavera y se puso a nevar, ni siquiera hacía frío y aquella nieve era lo más hermoso de la tierra, y los copos caían sobre tí, silenciosos, contraviniendo las leyes de la física o el tiempo , se derretían al tocar tu piel caliente, se evaporaban si entraban en contacto con las partes de tu cuerpo que rozaban con las mías, y fue algo inexplicable, todo en ti parecía mejor, tu pelo, tu cara, tus piernas, el brillo de tus ojos iluminando aquella calle de mierda y aquel barrio de mierda y aquel mundo de mierda, y tú quisiste parar pero no te dejé y besé tus labios como nunca lo había hecho con nadie y como nunca jamás  haré,  y seguí despacio, despacio,  y te gustaba tanto que llorabas, casi te hacía daño cuando intentabas irte y yo te abrazaba fuerte y aquello te gustaba más y más y entonces eras tú la que no podías dejarlo, y no existía nada y acabamos los dos y no existía nada más que nosotros y la nieve, no había otra cosa que tú y yo entrelazados de un modo animal,  bajo la nieve cada vez más intensa, cubriéndolo todo  y entonces tú te subiste las medias y la falda y me diste un empujón y me gritaste así no puto imbécil, mientras te marchabas corriendo por esa calle ahora blanca y reluciente, dejando las huellas de tu botas como estigmas en la nieve y ya jamás te volví a ver. Jamás.

Insomnio

 

 
 

Una vez amé a una mujer insomne

y las noches eran una casa

donde el vértigo poseía una gran butaca

 

Una vez amé a una mujer insomne

en las largas horas de la noche

su cuerpo caía sobre la cama

como una catedral antigua

 

Y se oía el eco de su aliento

la rara estructura del sigilo

en la  eterna celebración

de la negra eucaristía.

 

Una vez amé a un mujer insomne

y viajábamos a los lomos

de recuerdos invertebrados

cuya antigüedad y signo

no pudimos descifrar

 

Anchos bulevares, boutiques

y burdeles

en los sueños perdidos de la mujer

insomne

 

Cada noche llorábamos juntos

por los sueños que no eran

y nuestras manos  nuestras

pieles

cada noche.

 

Una vez amé  a una mujer insomne

 

Cada noche que no duermo

acompaño a esa mujer insomne

en el inmenso recinto de la vigilia

Amar a Ami Tokito



Yo no creo que esté muerto. No lo estoy. Mira mis manos y sus surcos. Ni rastro de mortandad. No estoy muerto, y si lo estoy no lo parece lo cual es bueno, suficiente. Excesivo incluso. Celebraré la muerte ahora mismo, antes de que venga llevándoselo todo. Tocaré el trombón, las castañuelas. Un chotis, una danza moderna. Y todo porque amo a Ami Tokito. La amo. La amo porque ella lleva gafas y no las necesita, del mismo modo que yo uso muletas, y monóculo, y hago cánticos que son el fin del mundo. Prótesis de partes del cuerpo que ya tengo. Extensiones, correctores en mis dientes perfectos. Mira esta luz de ahora.; no se corresponde ni con la mañana ni con la tarde, ni con ningún momento del día que tú conozcas. Haz cuentas, ata cabos. Porque esto es el final y es una gran broma. Un alborozo. Qué gran amor por lo innecesario. Todo es una broma buenísima. La muerte. En el fondo es una broma. La vida es el puto chiste final. Y hago planes exhaustivos de invadir Japón besando a cada mujer que use gafas. Planes de dejar embarazadas a las mujeres de gafas y voz grave y rota. Inseminando alegría por la extensa tierra. Con llagas en la lengua de tanto besar y gritar te quiero. Lesiones en el pubis, caderas rotas de un modo cálido y dulce. Viajar en bicicleta, reproducirse perpetuando la risa, arrojando flores olorosas, acariciando negras cabelleras de pelo liso y rizado. No estoy muerto me digo, mientras mi vejez es un animal de 180 años que se mueve pesado en mis adentros. Mi vejez que conoce la historia como si fuera un pubis rasurado tanta veces transitado. Metáforas locas en mitad del éxtasis. Celebremos ahora el fin del planeta, en cueros, tapándonos los dientes, y el eco cavernoso de sus adentros. Recuerdos, ahora que frisamos el Apocalipsis raro. Yo que de joven sabía versos y poemas enteros. Poemas de labios que estallaban en otros labios, y de cuerpos que estallaban en otros cuerpos. Poemas que leía agitado, con la piel sonrosada y el pene posiblemente erecto. Esto se va de las manos, pero de qué trata la juventud sino sobre eso. Ignorar a la muerte susurrándole guarradas en el mismo orificio de su oreja. Mujeres de falda larga o corta, de orejas al aire y pelo recogido. Mujeres, mujeres y más mujeres. Beber hasta que todo sea un verso. Nucas que avisan del tortuoso camino que va por la espalda que abrasa antes de llegar al final de esas piernas, de esos tobillos y de esos dedos. Sembrar de besos los senderos. El dolor y el placer hacen su juego, se matan a ostias o se abrazan debajo de la lluvia. Cuánto dolor en la risa. Conversaciones con peces. Cuidadosas. Eligiendo las palabras tan certeramente, acuáticas, con paciencia infinita, como si supiéramos que todo se termina. Palabras que son burbujas debajo del agua, burbujas delicadas en un río de agua sucia donde las piedras acogen con ternura un cadáver. Como si Ami Tokito frunciera los labios en ceremonia de clausura, y ofreciera su sexo obsceno y recatado. El gran chiste final que nunca tuvo gracia. El puto chiste que no hubiera hecho falta contar. Bésame Ami Tokito. Bésame como si tu cuerpo no fuera una pura brasa. Como si toda la piel de oriente no viviera en tu cuerpo. Bésame, y quítate todo, pero por lo que más quieras no te quites esas gafas.


UNA MUJER Y UNA PISTOLA

 

Yo estaba en un terraza bebiendo una ginebra y luego otra. La gente caminaba por el paseo marítimo, y había jubilados, parejas, familias y sobre todo chicas guapas, chicas con faldas pequeñas y vaporosas que van exhibiendo su puta juventud, y sus piernas como si todo fuera a ser eterno. O puede que no, puede que fueran conscientes de la prematura marchitez del mundo y por eso enseñaban su piel tersa y acogedora antes de que fuera demasiado tarde. Pero en cualquier caso caminaban solas o con sus novios  y los hombres las odiábamos por ser jóvenes y a la vez nos las queríamos follar bajo la luz de la luna que allí al fondo comenzaba a salir.


La cuestión es que todo estaba bien, más o menos bien; hacía buena temperatura, las gaviotas volaban a lo lejos, y yo leía un libro de poemas de Auden o un libro de cuentos de Nuñowski. Entonces en la mesa contigua se sentó una pareja a la que no podía ver pero a la que oía. Yo miraba mi libro pero en realidad estaba oyendo las palabras casi susurradas de ese hombre y esa mujer, y a la vez disfrutaba de la brisa acariciando mi rostro. -¿Qué vas a hacer con el chico?- preguntó la voz varonil. Y luego ella sembró un silencio oportuno, largo, lleno de conjeturas. Uno de los dos balanceaba el vaso haciendo golpear los hielos entre sí. Las olas hacían su rumor leve de fondo y en algún lugar sonaba algo de Miles Davis. -Lo voy a matar. Y a ella también-contestó la mujer con aplomo.  Me aferré al vaso de ginebra y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pareció que las gaviotas comenzaban a graznar repentinamente sobre un mar más oscuro.


Afiné el oído y de nuevo el ruido de los hielos sustituía a las palabras de la pareja. Miles Davis seguía a los suyo y yo miraba el libro como el que mira a un muerto. Los efectos del crepúsculo se hicieron más evidentes en la tenue luz del litoral.  Alguien encendió un cigarrillo y luego expulsó placenteramente el humo. -¿Qué te parece? – interrogó ella. Pensé que esa voz tan bonita era muy apropiada para una asesina. Si alguna vez me mataban quería que fuera ella -¿Dos más? ¿Con la misma pistola?- En las palabras del hombre había gravedad pero también una hiriente monotonía. Tuve la conciencia  de que aquella conversación era habitual, rutinaria-¿Por qué no?  – Imagine a la mujer gritando palabras sucias sobre un cadáver, y me pareció bien. Muy bien. Puede que en ese momento tuviera una erección y me figuré una pareja sin rostro besándose, con sangre en la comisura de sus labios,  junto a dos cadáveres  jóvenes y hermosos.


Sopesé llamar a la policía, contarles todo, pero luego sentí una pereza milenaria; Me tomarían por loco, me harían cientos de preguntas que tal vez no sabría contestar  y no me dejarían beber ginebra. Pagué la cuenta y esperé sentando observando el mar. Luego vi que a lo lejos, por el paseo marítimo se acercaba  una chica rubia con una minúscula falda blanca y unas piernas fabulosas. Me pareció que tenía poco pecho pero seguirla un rato era  una idea tan buena como cualquier otra.


Sentí ganas de darme la vuelta disimuladamente  antes de irme  y comprobar si la asesina era tan atractiva como yo pensaba. Supuse, no sé por qué, que tendría unos ojos miopes, y el pelo rizado y negro,  y pensé que al menos debía dedicarle una mirada de desprecio. Pero luego consideré que si mataba a esas personas alguna razón habría. ¿Acaso no arrastramos todos alguna culpa?

-Seguro que al resto de guionistas les va a parecer fatal- oí que opinaba el hombre mientras yo me incorporaba de la silla concentrado en el armonioso balanceo de un culo y las notas de Miles Davis.

 
 
 

De la Tierra y el polvo

Tío Jonesy era de los que pensaban que la muerte era algo puro  y siempre dijo que no había que esperar demasiado de la vida. Por eso, cuando la tía Sofie murió de aquella forma y él se quedó solo en la vieja casa y casi en el mundo no se lo tomó demasiado mal. Aquellos días yo iba a verlo por las tardes y nos sentábamos en las mecedoras del cobertizo a ver pasar el polvo. La casa de Tío Jonesy estaba al final del pueblo -aunque él prefería decir que su casa era la primera- y en aquella parte alejada  lo único que había era polvo. Un polvo rojo y desleído que el viento insistía en levantar casi todo el año, y que agitaba las cansadas maderas de esa casa destartalada.

Por aquel entonces a mí no me iba demasiado bien con el trabajo. Había tenido ciertos problemas con Little Samson por un accidente en el aserradero y una petaca de whiskey que yo juré que no era mía. Iris se enfadó bastante conmigo cuando supo que me habían despedido y comenzó con el santo sermón de las facturas y los gastos. Creo que a mi mujer le dio por desquiciarse el día siguiente de casarnos y no paró hasta el día en que murió, si es que es verdad que está muerta.

Una tarde especialmente ventosa estábamos Tío Jonesy y yo meciéndonos en el porche de su casa.  Hacíamos crujir la decrépita estructura del suelo con las mecedoras y mirábamos los torbellinos que el polvo formaba, como si todo aquello fuera una película de esas que ponen en el cine.

-Tío Jonesy, creo que ésta casa es demasiado grande para ti y va acabar sepultada por el polvo.

-Todos vamos acabar sepultados por el polvo Justin.

Tres días más tarde nos instalamos en la casa de Tío Jonesy y de la Tía Sofie.  De esa forma nos evitamos una buena parte de los gastos que tanto angustiaban a Iris. Pero entonces Iris empezó con la cantinela de lo raro que era Tío Jonesy, del montón del polvo que entraba en la cocina y del miedo que le daba ver las fotos de la difunta Tía Sofie por toda la casa, con esos ojos claros que parecía que te estaban mirando. ¡¡Ay la pobre Tía Sofie!!  Dios tenga en la gloria a esa buena mujer, aunque Tío Jonesy solía decir que su esposa no estaba en la gloria sino en la salita de atrás, sentada en la vieja butaca gris.

Meses después Iris se quedó embarazada, y si les digo la verdad aun no me explico cómo pudo suceder. Luego dio a luz a un niño al  que llamamos Ben. Ese mocoso resultó ser un auténtico tormento. Iris se pegaba toda la santa mañana y toda la santa tarde gritando por la casa por los disgustos que le daba. A veces se ponía tan roja que parecía una granada de mano a punto de estallar.

Tío Jonesy era el único que soportaba a Ben, y Ben por su parte podía pasarse varias horas en el cobertizo jugueteando con las botellas vacías mientras escuchaba las historias de Tío Jonesy. Y eso que nunca fue capaz de comprenderlas. Lo cierto es que el chico era un poco corto  de entendederas. Su madre siempre dijo que aquel niño lo que tenía era  el alma inacabada pero el Doctor Scudder nunca fue capaz de decirme qué diablos le pasaba a la criatura.

Una tarde me levanté y Tío Jonesy me dijo que Iris se había marchado y se había llevado una maleta, mi pitillera de plata y el gramófono. Dios sabe lo mucho que eché de menos aquel gramófono. Sobre todo aquellos días después de la marcha de Iris cuando  la casa se reencontró de nuevo con la paz y el silencio. Creo que Tío Jonesy también  disfrutaba de aquel sosiego pero dijo que era una obligación, que Ben tenía en sus venas la sangre de Iris y no sé qué más cosas, así que estuvo buscándola un tiempo y preguntando aquí y allá,  pero por suerte nunca la encontró.

Los negocios iban de mal en peor en el pueblo  y  tuve que buscar trabajo en Big Town. A Tío Jonesy no le importó quedarse con Ben y cuidar de él,  así que pude aprovechar el auge de la ciudad  y me dediqué a ganar bastante dinero. Acabé montando un pequeño surtidor de gasolina que funcionaba de maravilla. Fueron años estupendos;  las mujeres iban y venían, las camas eran grandes y confortables y el Whiskey era del bueno. El día que llegó el telegrama  en el que Tío Jonesy me anunciaba que Ben había fallecido,  mi socio estaba con gripe y yo estaba a cargo del surtidor, así que no hubo manera de que  llegara a tiempo al pueblo para el funeral. De todas formas aquel chico era retrasado o algo y si en vida no se enteraba mucho menos creo que me echara en falta cuando el pobre ya había estirado la pata.

Me olvidé del pueblo durante meses. El negocio iba viento en popa. Abrimos varios surtidores y había que trabajar duro para abrir más. Llegaba tan cansado a casa que no tenía ganas ni de beber whiskey. La vida en la ciudad es cruel, una vorágine enfermiza,  pero si eres de los que no paras la ciudad te sonríe.

Regresé años después, cuando  Tío Jonesy me escribió diciendo que  ya estaba muy anciano y cansado y que se quería despedir de mí. La  casa parecía sostenerse de milagro en medio de la explanada. Las maderas estaban tan viejas que daba lástima pisarlas, pero  cuando llegué, allí estaba el Tío Jonesy balanceándose calmadamente en su mecedora de siempre, sosteniendo un palillo en su boca desdentada y amable. Estaba vigilando desde el cobertizo cómo se levantaba el polvo frente a la casa. Me dedicó una sonrisa agotada, se levantó como pudo y me dio un largo abrazo.

Estuvimos un largo rato en silencio,  no sé cuánto,  escuchando el sonido limpio del viento y después comenzó a hablar con una voz extraña y profunda. Tío Jonesy  me dijo muchas cosas aquella tarde. Me dijo que éramos los únicos McGill que quedaban a ese lado del río. Me dijo que estaba feliz de poder abrazar por última vez la sangre roja y cálida de los McGill. Se acordó de Libby que era mi madre y su hermana. Me dijo muchas más cosas. Como que iba a morir orgulloso, cerca de Sofie y cerca de Ben a los que nunca abandonó. Me dijo que el funeral de Ben fue algo hermoso, que tendría que haber estado allí y que Ben fue un ser tan puro que después de su muerte el polvo era más blanco y ligero. No sé a qué se refería pero se me puso la carne de gallina.

Luego estuvimos mirando la llanura frente a la casa de esa forma tranquila y calmada, como si el tiempo fuera un vergel interminable. Tío Jonesy me explicó que el polvo y la tierra estaban bendecidos y que cubrían la tierra con su manto de eternidad. Me contó que hablaba con Sofie y con Ben constantemente, y que también había hablado con Iris que después de muerta estuvo allí en espíritu, para preguntar a Tío Jonesy por su hijo Ben.

El sol se comenzó a ocultar y Tío Jonesy dijo que estaba cansado y que sentía frío. Se levantó torpemente y se metió en la cama de la que ya nunca se levantó. La mecedora estuvo aún un buen rato oscilando apaciblemente hasta que se detuvo  y yo me quedé mirando la planicie seca, pensado en las palabras de Tío Jonesy. El viento se agitaba y levantaba el polvo que ascendía y descendía de una forma elegante y grácil. Sentí un gozo antiguo, una paz que debía anidar en mí desde hacía muchos años y que tal vez sólo pudiera tener lugar en aquel pueblo ya casi abandonado.

Cada vez que  esta ciudad me engulle con su ajetreo gris me acuerdo de esa bendita mecedora, de mi soledad, del polvo de aquella explanada que tal vez sea lo único que me quede de verdad en el mundo, y  de Ben  y del Tío Jonesy que siempre  me dijo que ningún árbol echaba raíces en el cemento.