Leyes universales

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Te eché de menos

en el espacio

un lugar cerca de Marte

la inmensidad, la negrura

en la ventana de la aeronave

el vacío

tachonado de estrellas

diminutas

como luciérnagas

frágiles

o suicidas

Observaba el vaho sobre el cristal

un vaho terrenal

retráctil

vulgar

el oscilante dibujo

de mis adentros

una mancha de niebla

en la que triste

mi dedo

dibujaba un corazón sideral

y perentorio

Recordé cuando te dije

te querré

así en la tierra

como en el cielo

Las mismas cosas

dolían

a 200 millones de kilómetros

hay asuntos

que no puedes dejar atrás

huidas absurdas

ingenuas

leyes

demasiado universales

Te echaba de menos

el ruido del compresor

y más allá un silencio

que dolía atravesando el fuselaje

de los huesos

me acordaba de ti

miraba tus fotos

sobre el panel HD

tu desnudez más densa

que tu propio cuerpo

más grande

que tu propio cuerpo

primeros planos

de tus pechos

de tu cadera

la incorrecta estructura

de tu boca

 

Un baño de píxeles

fríos

indiferentes

táctiles

del modo más unilateral posible

el tiempo era una papilla

indigerible

Me masturbaba en la sala

gravitacional

el semen formaba esferas

 

 

como satélites

giraban en torno a tu recuerdo

El Amante

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En una ocasión tuve un amante y las cosas no resultaron como yo pensaba que iban a resultar. A mi él me gustaba mucho, era un hombre interesante, muy culto y amable conmigo aunque lo que más me atraía  era su cuerpo, hermoso y atlético. Él hacía deporte a diario y se notaba, se cuidaba en general mucho y conservaba todo su pelo. Justo al contrario que mi marido que estaba casi calvo y que pasaba casi todo su tiempo libre leyendo libros en los que al parecer pensaba encontrar algún tipo de redención,olvidándose por completo de hacer ejercicio o aplicarse cremas o incluso a veces de asearse o lavarse los dientes. Sin embargo yo quería a mi marido con locura, había algo en él que yo sabía que no encontraría en ningún otro hombre sobre la faz de la tierra. Así que lo único que yo buscaba en mi amante era un poco de sexo novedoso y diferente.

Entre el amante y yo  había un enorme electromagnetismo animal. Lo de eletromagnetismo animal lo dijo él, el amante, en una ocasión y a mí me pareció un poco cursi al principio pero finalmente tuve que admitir que describía exactamente lo nuestro.  La primera vez que nos acostamos empezaron los problemas. Todo fue a la perfección desde un punto de vista mecánico, y desde luego él se mostró muy satisfecho pero yo sentí que algo no funcionaba como debía. Era como si el hombre que estaba abrazándome, besándome, lamiéndome  y penetrándome fuera un completo extraño. Si lo pensaba con calma el hecho de que fuera un extraño, (en parte lo era) no constituía un inconveniente sino un aliciente más a la relación, pero eso no aplacaba mi desasosiego.

Mantuvimos relaciones en varias ocasiones el amante y yo, pero en cada una de ellas  sentí un rechazo inexplicable hacia su piel por más que la encontraba tan suave y caliente y en  realidad muy acogedora. No hubo forma de que yo disfrutara aquello.Me hice preguntas. Tal vez al final yo era una persona más conservadora  de lo que pensaba. Tal vez era incapaz de cometer adulterio porque en mi infancia me inocularon unos valores judeocristianos ya trasnochados que años más tarde me impedían follarme como dios manda a un tío que estaba como un pan de los pies a la cabeza. Tuve dudas al respecto. Desde luego mi marido no iba a resultar dañado, no podía enterarse ya que los encuentros adúlteros ocurrían gracias a mi profesión muy lejos, en otro continente.

En cualquier caso tuve que abandonar a mi amante. Lo hice con pena, era infinitamente mejor que mi marido en la cama, y de hecho tras experimentar con otro hombre concluí que mi esposo era un compañero sexual mediocre y perezoso, un  desastre aunque tenía que admitir que lo quería con locura de todos modos.

Un mes más tarde mi marido me dejó por otra. El muy hijo de puta se iba a vivir con una imbécil de 23 años a la que habría engañado con su cháchara vacua y con sus chistes que yo ya había oído mil veces. Odié a la chica de 23 años, su cuerpo delgado, su piel sin arrugas. Grité mucho a mi marido. Hubo muchos insultos por mi parte. Insistí mucho en su calvicie, le llamé calvo de mierda. Por despecho le conté lo de mi amante. Él se reía pero no decía nada. Luego se puso serio y me dijo que él jamás hubiera cometido adulterio. Que él me había respetado hasta la fecha,que no había besado a la chica de 23 años ni se había acostado con ella, aunque ahora que lo nuestro estaba zanjado pensaba hacerlo repetidamente. En abundancia.

Después de eso lo intenté de nuevo con mi amante, me casé con él incluso y luego me divorcié. Después vinieron otros, muchos pero ninguno logró que lo olvidara. Su cuerpo fofo. Su intachable conducta moral. Su lírico mundo interior.

El calvo de mierda.   

Guerra, sexo, muerte, amor.

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Allí estaba. Era ella. Claro que era ella. La misma pero quince años más tarde. El tiempo la había cambiado. Ya no tan joven. Menos sonriente tal vez. Sí. Menos sonriente pero era ella. Igual de hermosa. No sé si más incluso. Con un gesto inteligente, con esos ojos brillantes. Me avergoncé de pensar en ello, de fijarme en algo así, pero es que no estaba gorda. No había engordado como hacían muchas mujeres a su edad. Tampoco sé cuál era su edad, pero lo podía adivinar porque cuando la conocí parecía ser tan joven como yo lo era. Aunque no me lo dijo. No pregunté. Cómo le iba a preguntar eso hombre. Tal vez no hubiera sido capaz de todos modos. Mi francés era torpe entonces.   Así que no sabía cuántos años tenía pero sí cómo era su cuerpo. Quiero decir que sabía cómo era su cuerpo antes al menos. Una vez lo supe hacía ya quince años. Había una guerra, aquí. Yo estaba de permiso. Un día y medio lejos de la trinchera. Un soldado joven. Mi  rostro duro, mi gesto heroico escondía el miedo. La sangré ácida mordiendo las paredes de las venas.  Yo era un cobarde y sabía que lo más probable es que muriera. Que muriera pronto. Todos habían muerto y los que no lo habían hecho habían perdido un brazo o dos piernas o iban a morir de todos modos antes de llegar a casa.  Otros se habían suicidado y esos eran los más valientes. Cuando cerraba los ojos veía metralla atravesar mi cuerpo. Al despertar me palpaba el vientre, el abdomen, el pecho, contaba mis dedos.

Salimos por aquel pueblo yo y dos más, avergonzados casi de estar vivos. ¿Por qué estábamos vivos? No lo sabíamos pero así era al menos de momento. Había chicas bonitas. Hablaban un francés melodioso. Qué nos decían. Ni idea, pero algo hermoso como sus caras sonrientes. Bebimos algo francés, muy dulce. Un vino barato y peleón. Bebimos todo lo que pudimos. Intentábamos olvidar quiénes éramos. Nuestros nombres. Nuestro destino. Nos conformábamos con recordar algunas partes de nuestro pasado. Queríamos vivir ahí, en el pasado. Queríamos que el vino suprimiera el presente del mismo modo que la guerra suprimiría nuestro futuro. Queríamos borrar las caras de los hombres que habíamos matado sin saber muy bien por qué. Para que no nos mataran ellos, supongo. Esas caras vacías de pronto se grababan a fuego en tus pupilas. Sonaba una música triste en aquel bar extraño. Cantaba una mujer. Todos parecían escucharla de repente. Queríamos llorar. Queríamos reír también por la belleza de esa música. No sabíamos de qué hablaba esa voz joven, limpia, pero imaginamos que le cantaba a un novio que estaba en una guerra.  Imaginamos que prometía guardar su virtud para cuando regresara él, que pasaba las horas mirando por la ventana esperando ver a su novio. Su novio que volvía con dos brazos, dos piernas y dos medallas. Un organismo válido aún para el amor, válido para amar el cuerpo intacto de la cantante.

 Mientras tanto el vino entraba en nuestros corazones como un emperador romano. Invadía nuestras vísceras, las alzaba, las aligeraba.  Ella se acercó a mí con timidez, sus ojos tristes. Pronunció algunas palabras en francés. No esperaba que yo las entendiera. Era rubia.  Luego estuvimos en silencio un largo rato. Bebíamos  y bebíamos.  No se oían disparos ni explosiones allí. Era agradable estar junto a ella y me valía. Me valía con observarla. Dudé. Era hermosa sólo en medio del horror o era sencillamente hermosa. Me cogió la mano. Me llevó a un establo abandonado y limpio. Era verano aquella noche. Pisamos la hierba, atravesamos un jardín,  la tierra mullida. Ella llevaba una botella de vino y ahora se reía. Al fondo, en el firmamento, justo al borde del horizonte se veían destellos. Explosiones minúsculas por la distancia. A lo lejos parecían fuegos artificiales de un país extranjero. Los miramos como el que mira las estrellas del cielo en un verano largo. En una playa. No pensamos en los hombres franceses que ya habían muerto.  Seguro que su padre. Seguro que un hermano o dos. No quedaban ya hombres.  Tal vez un novio había depositado su sangre cerca de aquel lugar oscuro, vertida lentamente, un orificio irregular en un costado. Una abertura negruzca  en la carne y torpemente tapada, apenas cubierta con una mano sucia,  ungida también con la sangre. No quedaba ninguno. Algún anciano. Pocos. La hierba regada de coágulos rojos, negros.

 Hicimos el amor sin hablar. Nos besamos después de una manera lenta,  en silencio, se oían grillos. El ladrido de un perro. Supimos que aquello sería un recuerdo indestructible o tan indestructible como llegáramos a ser nosotros. Poco o nada. Seres efervescentes.  Supimos que habíamos hecho un hueco en la memoria, una muesca en nuestros corazones. Que habíamos hecho algo cálido y hermoso en medio de un frío gélido y prolongado. O algo que debería salir en los libros, en los manuales de historia. Y supimos que no saldría y eso sería injusto, pero todo era injusto entonces y también ahora.  Luego me fui. Seguí matando a otros hombres durante algunos meses. Nadie me mató a mí. Ganamos la guerra. Al parecer. Me quedé en Francia y me casé con la francesa equivocada. Miraba ahora a mi esposa, ella sí enorme. Se había duplicado, o triplicado. No la odiaba. No es que la odiara, pero sí odiaba vivir junto a ella. Su voz, su presencia llenando mis días de indiferencia. La reunión con sus amigas los domingos. Los bizcochos del miércoles. La bici estática al lado del sofá. Los veranos en Bretaña una y otra vez.  Y frente a mí veía a la chica que acaricié en medio de una guerra. El tren llegaría pronto a la ciudad. Saldríamos del vagón, de la estación, la perdería de vista, puede que para siempre.

Entonces tuve nostalgia. Del espanto digo.  De la muerte digo. Joder, era extraño, un sentimiento abyecto, pero deseé volver  a aquello. Al miedo. Al silbido mortal de las balas recorriendo el aire, pasando de largo, haciendo de la existencia algo intenso y valioso. Explosiones que te hacían celebrar la santa integridad de tu cuerpo como si te hubiera tocado la lotería cada vez. Por aquel entonces a nadie le importaba su colesterol, importaba poder andar, correr. Saltar al cobijo de una trinchera que olía a mierda. Hubiera vuelto entonces a  ese lugar. También a un cuerpo cálido, delicioso, caricias insuperables, un refugio de calor en medio del más absoluto horror que sacudía tu cuerpo. Que sacudía tu cuerpo esquivando la muerte.

Cualquier cosa mejor que el tedio de esta lenta extinción.

Anhedonia

148

Versión plagiaria de un original de Ana Jimenez.

Cerca había un bosque. No un bosque, una masa de árboles insuficiente pero bastante poblada. Llegaba el olor a acícula, a hoja de pino muy verde. No eran pinos en cualquier caso pero las nubes, una neblina vaga, pusilánime e inconsistente, se apostaba entre los árboles, hacía confuso el aroma de la tierra. De la vegetación. Más arriba el sol y más arriba, o más lejos, en el horizonte creo que relámpagos. Fue hacía al agua, despacio. Primero se detuvo, dejó que una ola dilatada, alargada y espumosa mojara sus pies. No estaba fría. Se zambulló de un modo gozoso, con parsimonia, introdujo la cabeza bajo el agua, cerró los ojos. Emergió. Desde allí vio a su mujer. A su hijo. Ambos jugaban en la orilla a uno de esos juegos incomprensibles. Reglas arbitrarias determinadas  por el niño que se repetían hasta el infinito. Llenar o vaciar un cubo. Dibujar un círculo en la arena, y después borrarlo. La piel  de su mujer era pálida, pero de un color muy vital, un poco sonrosado pese  haber estado apartada del sol el resto del año. Pensó sobre el deseo de ella de tener otro hijo más. O dos hijos más. Se lo había vuelto a pedir la otra noche.  Allí en el agua, flotando lánguidamente él se sentía libre. Dudó, con más hijos a su cargo tal vez no podría dejarse balancear de ese modo con el leve juego de las olas. Mirar las nubes apoderándose del cielo. Siguió observándola, a su mujer,  sumergido hasta su barbilla, el bikini de ella dejaba apreciar su cuerpo, un cuerpo  no intacto desde luego,  pero aún deseable.  Deseable sobre todo desde allí, desde la distancia en la que el concepto de su figura no estaba menoscabado  por las imperfecciones  que la cercanía dejaba al descubierto.  Pensó que esa tarde harían el amor, cuando el niño durmiera la siesta. Se recreó en ello por un rato, supuso que esta vez lo harían del modo que a él le gustaba. Tuvo una erección. No muy lejos de él una chica joven con los pechos descubiertos nadaba boca arriba. Irrumpió en su campo visual, atrajo su atención. Sería noruega, inglesa, alemana. Era rubia.  Permaneció admirándola unos instantes, su erección se hizo más persistente. No hace mucho su mujer era así. Más atractiva incluso. Quiso desechar la nostalgia, apartar la melancolía como el que aparta una mosca a manotazos. Nadó enérgicamente,  nadó alejándose de la orilla. Si se cansaba mucho pensó, sofocaría esa opresión inespecífica de los últimos meses. Era leve, pero tenaz. Su erección había desaparecido después de un rato y entonces sintió ganas de orinar. Lo hizo allí. Lejos de la orilla, en uno de esos lugares del mar en el que encuentras bolsas de agua fría, y luego otras menos frías. Su orina tibia añadió confusión al caos térmico que desconcertaba su piel, pero que era agradable de todos modos. Miró de nuevo el paisaje, era hermoso, apocalíptico, gris y cálido. Después dejó que su cuerpo flotara mirando el cielo. Sintió la inmensidad del mar. Consideró hundirse, dejarse engullir por esa masa acuosa, infinita, oscura.  Vio placer en la escena que imaginaba fácilmente,  el agua  y el salitre entrando por su nariz, en sus pulmones, anegando su organismo. No había dolor para él en ello, en figurárselo de un modo vivo, como algo inminente,  caer al fondo como un objeto inservible dispuesto a ser cubierto por el légamo más tarde. Sintió la paz inmensa de esa imagen, un hundimiento placentero que lo alejaba de la vuelta a casa. El despertador, los recibos, el colegio, el parque. El estúpido de su jefe.  La vejez y después posiblemente una muerte más involuntaria. Más lenta o dolorosa. Una muerte que sería menos suya y cuando  ni él mismo ni su aspecto  se parecieran ya en nada a quien un día fue. O a quien en realidad él creía que había sido.

Siguió flotando. Mirando el cielo. Un relámpago se hundió en el mar a lo lejos, una cuchillada inocua pero sorpresiva. Fue como un escalofrío del cielo. Sin embargo no hubo trueno, o no se escuchó en aquella playa, o él no lo escuchó al menos, cubiertos como estaban  sus oídos por porciones minúsculas de agua marina.  Los anegaba, sus oídos, y causaba un silencio submarino, como si aislara su cerebro y su alma, si es que la tenía,  del resto del mundo. A él eso le daba miedo y a la vez le gustaba. Consideró entonces tener más hijos.  No dos pero sí tal vez uno. Eso le haría feliz a él, al menos por un tiempo, mientras la idea de la paternidad múltiple, de un hermano para su hijo,  fuera una idea incorrupta no contaminada por las aristas de la realidad. Eso le haría feliz a ella también. Lo merecía, ella merecía ese hijo si era cierto que lo deseaba aunque no podía concretar las razones que le hacían llegar a esa conclusión.

Tener más hijos o hundirse allí para siempre. Una ola más grande de lo normal lo zarandeó de forma abrupta, como si alguien quisiera sacarlo de su letargo, su pozo de pensamiento blanco o de pronto negro. Puede que en algún lugar hubiera empezado la tormenta. Tener más hijos o hundirse allí para siempre, pensó de nuevo. Ambas ideas le parecieron oportunas, igual de convenientes.

Igual de absurdas.

Turbaciones (más) Vilasiana 2

Hoy es 21 de octubre de 2014drunk-girl-with-jim-beam
estoy bebiendo una ginebra
un limón flotando
la limpia textura líquida
dos hielos
llevo un vestido hermoso
es negro
se ajusta a las curvas de mi cuerpo
deja ver mis piernas
medias de nylon brillante
piernas largas tacón de aguja
estoy sola, muy sola
un bar de barrio regentado por un chino
sólo él y yo
en este bar, en la ciudad
y yo pienso en el amor
pienso en él
pienso que sólo le amo a él
es un martes suicida de octubre
las 11 de la noche
pienso en su poesía
pienso en el gran poeta de nuestro tiempo
Mariano Nuño
el mayor poeta de la historia
él no lo sabe
yo lo amo
pienso en mi cuerpo
de veinte años
de treinta años
en mi sexo florecido de no sé cuántos años
pocos
qué importa
está intacto y terso
muy suave y limpio
caliente sólo para él
pienso en mi cuerpo consagrado
al poeta grande Mariano Nuño
en cómo quiero que lo haga suyo
en cómo sería su puta
de un modo miserable
sólo a él lo amo
no es gran cosa ese hombre
un hombre triste
no es guapo ni listo
no hay ninguna belleza en la rara
sintaxis de su organismo
no hay grandeza alguna
en sus células cansadas
es un hombre triste
sólo sabe pensar en su muerte
en la disolución pausada
de las cosas
en el acabamiento definitivo
hay algo imbécil e insoportable
en el poeta único
el mesías lírico y demente
el último poeta verdadero
no huele bien
no sabe hablar no sabe estar en los sitios
pero es el poeta
no hay otro
su poesía es una deflagración terráquea
que me vuelve loca
poemas efervescentes
muchos perecen
en las orillas de su mente
poemas secretos y grandiosos
ignorados por la gente
que camina hacía la desolación
para él me cuido
comiendo poco, lo justo
crema de noche y de día
hidratando mi piel
preservada para sus manos torpes
buscando la textura exacta para un poeta
genial y estúpido
su manos que no saben
nada del amor
salvo escribir las palabras más hermosas
jamás escritas
spining, aerobic, natación
todo es poco
todo es poco para él
para cuando quiera someterme
para cuando me haga suya
me insulte
me penetre poéticamente
con su polla de poeta
metafórica
versicular
musitando
su poesía apocalíptica
salvadora
llenándome dulcemente
de muerte y dolor.

Detroit 2

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Compremos una casa en Detroit te dije. Me imaginaba la casa. Tú y yo. Un Jardín. Un garaje. Un árbol. Una casa tierna y triste. Un tejado. Apenas marrón. Apenas tejado. Y sus ventanas. Orificios sorprendidos de su suerte. Ojos viendo crecer un desierto en un lugar equivocado. Compremos una casa. Y había miedo en mis palabras. Y entre Detroit y yo un océano. No sólo de agua. La casa. El pequeño porche. La calle silenciosa. Tu falda nueva y blanca agitada con el quejumbroso baile de una mecedora. Tú y yo en Detroit. Una casa grande y hueca. Dejémoslo todo. Compremos una casa. La casa olerá a exilio. Huellas de un abandono apresurado. Como el nuestro. Dos hijos y un matrimonio. Él negro. Ella blanca. Ya casi no se querían cuando todo se fue al garete y nadie cortaba el césped. Mírala. Detroit. La casa. Una ciudad derrotada. Siempre será por la tarde. Un calor incorregible y pesado. Perros a punto de cruzar la calle que a estas alturas es ya una boca desdentada. Compremos la casa. Cien dólares más hipoteca. Solo tendremos que echar a las ratas. Desechar recuerdos dormidos en sus paredes. Arreglar unas tablas y desahuciar a los fantasmas. Hagámoslo. Miraba tu pelo y quise tocarlo cuando lo dije. Detroit. Escribiremos poemas. Uno o dos cuentos. Tal vez nos besemos allí. Mientras la vegetación crece sigilosa y loca. Ocultando la casa. La calle. Ocultando la ciudad. Mi coche.

La aguda vergüenza de nuestra huida.

Inspirado por Xabi Lainez y su Detroit.

Las Bellas Ciclistas

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Había llegado el buen tiempo,
las bellas ciclistas se contoneaban
encima de sus bicis
llevaban sus tersos glúteos al algún
lugar al que llegaban tarde
y miles de amantes
las esperaban
limpios, aseados y peinados
deseando que las bellas ciclistas
llegaran con su piel levemente lubricada
un leve sudor que es como la
joven fragancia de sus adentros
y que sabe a recolección de primavera
cuando se posa en tu lengua.

 
Todos deseábamos besar
a las bellas ciclistas en la boca
sentir incluso las lujuriosas
livideces de los sillines
de las bicis recién aparcadas
en las ávidas yemas de nuestros dedos.

Todos soñábamos
bajo el atrevido sol de junio
con probar el tacto y la textura
de esas piernas
con las que iban de un lado para otro
ni muy rápido
ni muy lento
(justo como deben hacerse todas las cosas)

Y yo me preguntaba y me pregunto
si no hay alguna metáfora
del mundo
o el universo
oculta y definitiva
en el movimiento circular
e interminable
de aquellas piernas.

CULPA

No podías con la culpa, era superior a ti, no podías, ni siquiera te quitabas el anillo, te pedí que te lo quitaras pero no lo hiciste, no lo hiciste jamás, preferías que fuera así, y no sólo eso, lo mirabas con frecuencia, lo mirabas cuando más te gustaba lo que te hacía,observabas fijamente el anillo brillar y lo acercabas a tus ojos cuando te hacía eso que él no sabía, cuando te hacía eso, y sentías la culpa, y yo pensaba que encontrabas placer en ese dolor profundo, cuando lamía tu piel, y lo pensaba en cada ocasión, cada vez  y  te veía llorar o gemir o todo a la vez, y no podías con la culpa repetías y no querías que aquello fuera hermoso, aunque lo necesitaras, aunque te hubieras matado si yo  hubiera dicho que hasta aquí, necesitabas sentir la culpa, necesitabas enfrentar la imperfección de la culpa a la perfección del amor, un error inmejorable, pero lo último que querías es que aquello fuera algo bonito,   eso no por favor, y buscabas que todo fuera torpe, inexacto, que nos moviéramos de una forma, sincopada y discorde, con caricias inapropiadas, con palabras incorrectas e interrupciones extemporáneas y elegías lugares desagradables,  donde el mar estaba sucio, donde todo olía mal, playas escondidas donde los peces sólo iban a morir, donde recalaba la basura de los océanos, hay lugares en la tierra que tienen remordimientos, me dijiste, lugares donde el mar es negro, pero no ese negro que es  profundo y al que quieres entregarte no, un negro que da miedo, un negro entrañas adentro,  un negro negro, calles nauseabundas, o bares sórdidos, en baños tan sucios que todo daba asco, y hasta la música era horrible y una noche me llevaste a un rincón repugnante,  un callejón que olía a meado y muerte y entonces repentinamente se puso a nevar, no sé cuándo fue, sería invierno o tal vez ya primavera y se puso a nevar, ni siquiera hacía frío y aquella nieve era lo más hermoso de la tierra, y los copos caían sobre tí, silenciosos, contraviniendo las leyes de la física o el tiempo , se derretían al tocar tu piel caliente, se evaporaban si entraban en contacto con las partes de tu cuerpo que rozaban con las mías, y fue algo inexplicable, todo en ti parecía mejor, tu pelo, tu cara, tus piernas, el brillo de tus ojos iluminando aquella calle de mierda y aquel barrio de mierda y aquel mundo de mierda, y tú quisiste parar pero no te dejé y besé tus labios como nunca lo había hecho con nadie y como nunca jamás  haré,  y seguí despacio, despacio,  y te gustaba tanto que llorabas, casi te hacía daño cuando intentabas irte y yo te abrazaba fuerte y aquello te gustaba más y más y entonces eras tú la que no podías dejarlo, y no existía nada y acabamos los dos y no existía nada más que nosotros y la nieve, no había otra cosa que tú y yo entrelazados de un modo animal,  bajo la nieve cada vez más intensa, cubriéndolo todo  y entonces tú te subiste las medias y la falda y me diste un empujón y me gritaste así no puto imbécil, mientras te marchabas corriendo por esa calle ahora blanca y reluciente, dejando las huellas de tu botas como estigmas en la nieve y ya jamás te volví a ver. Jamás.

Insomnio

 

 
 

Una vez amé a una mujer insomne

y las noches eran una casa

donde el vértigo poseía una gran butaca

 

Una vez amé a una mujer insomne

en las largas horas de la noche

su cuerpo caía sobre la cama

como una catedral antigua

 

Y se oía el eco de su aliento

la rara estructura del sigilo

en la  eterna celebración

de la negra eucaristía.

 

Una vez amé a un mujer insomne

y viajábamos a los lomos

de recuerdos invertebrados

cuya antigüedad y signo

no pudimos descifrar

 

Anchos bulevares, boutiques

y burdeles

en los sueños perdidos de la mujer

insomne

 

Cada noche llorábamos juntos

por los sueños que no eran

y nuestras manos  nuestras

pieles

cada noche.

 

Una vez amé  a una mujer insomne

 

Cada noche que no duermo

acompaño a esa mujer insomne

en el inmenso recinto de la vigilia

Amar a Ami Tokito



Yo no creo que esté muerto. No lo estoy. Mira mis manos y sus surcos. Ni rastro de mortandad. No estoy muerto, y si lo estoy no lo parece lo cual es bueno, suficiente. Excesivo incluso. Celebraré la muerte ahora mismo, antes de que venga llevándoselo todo. Tocaré el trombón, las castañuelas. Un chotis, una danza moderna. Y todo porque amo a Ami Tokito. La amo. La amo porque ella lleva gafas y no las necesita, del mismo modo que yo uso muletas, y monóculo, y hago cánticos que son el fin del mundo. Prótesis de partes del cuerpo que ya tengo. Extensiones, correctores en mis dientes perfectos. Mira esta luz de ahora.; no se corresponde ni con la mañana ni con la tarde, ni con ningún momento del día que tú conozcas. Haz cuentas, ata cabos. Porque esto es el final y es una gran broma. Un alborozo. Qué gran amor por lo innecesario. Todo es una broma buenísima. La muerte. En el fondo es una broma. La vida es el puto chiste final. Y hago planes exhaustivos de invadir Japón besando a cada mujer que use gafas. Planes de dejar embarazadas a las mujeres de gafas y voz grave y rota. Inseminando alegría por la extensa tierra. Con llagas en la lengua de tanto besar y gritar te quiero. Lesiones en el pubis, caderas rotas de un modo cálido y dulce. Viajar en bicicleta, reproducirse perpetuando la risa, arrojando flores olorosas, acariciando negras cabelleras de pelo liso y rizado. No estoy muerto me digo, mientras mi vejez es un animal de 180 años que se mueve pesado en mis adentros. Mi vejez que conoce la historia como si fuera un pubis rasurado tanta veces transitado. Metáforas locas en mitad del éxtasis. Celebremos ahora el fin del planeta, en cueros, tapándonos los dientes, y el eco cavernoso de sus adentros. Recuerdos, ahora que frisamos el Apocalipsis raro. Yo que de joven sabía versos y poemas enteros. Poemas de labios que estallaban en otros labios, y de cuerpos que estallaban en otros cuerpos. Poemas que leía agitado, con la piel sonrosada y el pene posiblemente erecto. Esto se va de las manos, pero de qué trata la juventud sino sobre eso. Ignorar a la muerte susurrándole guarradas en el mismo orificio de su oreja. Mujeres de falda larga o corta, de orejas al aire y pelo recogido. Mujeres, mujeres y más mujeres. Beber hasta que todo sea un verso. Nucas que avisan del tortuoso camino que va por la espalda que abrasa antes de llegar al final de esas piernas, de esos tobillos y de esos dedos. Sembrar de besos los senderos. El dolor y el placer hacen su juego, se matan a ostias o se abrazan debajo de la lluvia. Cuánto dolor en la risa. Conversaciones con peces. Cuidadosas. Eligiendo las palabras tan certeramente, acuáticas, con paciencia infinita, como si supiéramos que todo se termina. Palabras que son burbujas debajo del agua, burbujas delicadas en un río de agua sucia donde las piedras acogen con ternura un cadáver. Como si Ami Tokito frunciera los labios en ceremonia de clausura, y ofreciera su sexo obsceno y recatado. El gran chiste final que nunca tuvo gracia. El puto chiste que no hubiera hecho falta contar. Bésame Ami Tokito. Bésame como si tu cuerpo no fuera una pura brasa. Como si toda la piel de oriente no viviera en tu cuerpo. Bésame, y quítate todo, pero por lo que más quieras no te quites esas gafas.