Guerra, sexo, muerte, amor.

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Allí estaba. Era ella. Claro que era ella. La misma pero quince años más tarde. El tiempo la había cambiado. Ya no tan joven. Menos sonriente tal vez. Sí. Menos sonriente pero era ella. Igual de hermosa. No sé si más incluso. Con un gesto inteligente, con esos ojos brillantes. Me avergoncé de pensar en ello, de fijarme en algo así, pero es que no estaba gorda. No había engordado como hacían muchas mujeres a su edad. Tampoco sé cuál era su edad, pero lo podía adivinar porque cuando la conocí parecía ser tan joven como yo lo era. Aunque no me lo dijo. No pregunté. Cómo le iba a preguntar eso hombre. Tal vez no hubiera sido capaz de todos modos. Mi francés era torpe entonces.   Así que no sabía cuántos años tenía pero sí cómo era su cuerpo. Quiero decir que sabía cómo era su cuerpo antes al menos. Una vez lo supe hacía ya quince años. Había una guerra, aquí. Yo estaba de permiso. Un día y medio lejos de la trinchera. Un soldado joven. Mi  rostro duro, mi gesto heroico escondía el miedo. La sangré ácida mordiendo las paredes de las venas.  Yo era un cobarde y sabía que lo más probable es que muriera. Que muriera pronto. Todos habían muerto y los que no lo habían hecho habían perdido un brazo o dos piernas o iban a morir de todos modos antes de llegar a casa.  Otros se habían suicidado y esos eran los más valientes. Cuando cerraba los ojos veía metralla atravesar mi cuerpo. Al despertar me palpaba el vientre, el abdomen, el pecho, contaba mis dedos.

Salimos por aquel pueblo yo y dos más, avergonzados casi de estar vivos. ¿Por qué estábamos vivos? No lo sabíamos pero así era al menos de momento. Había chicas bonitas. Hablaban un francés melodioso. Qué nos decían. Ni idea, pero algo hermoso como sus caras sonrientes. Bebimos algo francés, muy dulce. Un vino barato y peleón. Bebimos todo lo que pudimos. Intentábamos olvidar quiénes éramos. Nuestros nombres. Nuestro destino. Nos conformábamos con recordar algunas partes de nuestro pasado. Queríamos vivir ahí, en el pasado. Queríamos que el vino suprimiera el presente del mismo modo que la guerra suprimiría nuestro futuro. Queríamos borrar las caras de los hombres que habíamos matado sin saber muy bien por qué. Para que no nos mataran ellos, supongo. Esas caras vacías de pronto se grababan a fuego en tus pupilas. Sonaba una música triste en aquel bar extraño. Cantaba una mujer. Todos parecían escucharla de repente. Queríamos llorar. Queríamos reír también por la belleza de esa música. No sabíamos de qué hablaba esa voz joven, limpia, pero imaginamos que le cantaba a un novio que estaba en una guerra.  Imaginamos que prometía guardar su virtud para cuando regresara él, que pasaba las horas mirando por la ventana esperando ver a su novio. Su novio que volvía con dos brazos, dos piernas y dos medallas. Un organismo válido aún para el amor, válido para amar el cuerpo intacto de la cantante.

 Mientras tanto el vino entraba en nuestros corazones como un emperador romano. Invadía nuestras vísceras, las alzaba, las aligeraba.  Ella se acercó a mí con timidez, sus ojos tristes. Pronunció algunas palabras en francés. No esperaba que yo las entendiera. Era rubia.  Luego estuvimos en silencio un largo rato. Bebíamos  y bebíamos.  No se oían disparos ni explosiones allí. Era agradable estar junto a ella y me valía. Me valía con observarla. Dudé. Era hermosa sólo en medio del horror o era sencillamente hermosa. Me cogió la mano. Me llevó a un establo abandonado y limpio. Era verano aquella noche. Pisamos la hierba, atravesamos un jardín,  la tierra mullida. Ella llevaba una botella de vino y ahora se reía. Al fondo, en el firmamento, justo al borde del horizonte se veían destellos. Explosiones minúsculas por la distancia. A lo lejos parecían fuegos artificiales de un país extranjero. Los miramos como el que mira las estrellas del cielo en un verano largo. En una playa. No pensamos en los hombres franceses que ya habían muerto.  Seguro que su padre. Seguro que un hermano o dos. No quedaban ya hombres.  Tal vez un novio había depositado su sangre cerca de aquel lugar oscuro, vertida lentamente, un orificio irregular en un costado. Una abertura negruzca  en la carne y torpemente tapada, apenas cubierta con una mano sucia,  ungida también con la sangre. No quedaba ninguno. Algún anciano. Pocos. La hierba regada de coágulos rojos, negros.

 Hicimos el amor sin hablar. Nos besamos después de una manera lenta,  en silencio, se oían grillos. El ladrido de un perro. Supimos que aquello sería un recuerdo indestructible o tan indestructible como llegáramos a ser nosotros. Poco o nada. Seres efervescentes.  Supimos que habíamos hecho un hueco en la memoria, una muesca en nuestros corazones. Que habíamos hecho algo cálido y hermoso en medio de un frío gélido y prolongado. O algo que debería salir en los libros, en los manuales de historia. Y supimos que no saldría y eso sería injusto, pero todo era injusto entonces y también ahora.  Luego me fui. Seguí matando a otros hombres durante algunos meses. Nadie me mató a mí. Ganamos la guerra. Al parecer. Me quedé en Francia y me casé con la francesa equivocada. Miraba ahora a mi esposa, ella sí enorme. Se había duplicado, o triplicado. No la odiaba. No es que la odiara, pero sí odiaba vivir junto a ella. Su voz, su presencia llenando mis días de indiferencia. La reunión con sus amigas los domingos. Los bizcochos del miércoles. La bici estática al lado del sofá. Los veranos en Bretaña una y otra vez.  Y frente a mí veía a la chica que acaricié en medio de una guerra. El tren llegaría pronto a la ciudad. Saldríamos del vagón, de la estación, la perdería de vista, puede que para siempre.

Entonces tuve nostalgia. Del espanto digo.  De la muerte digo. Joder, era extraño, un sentimiento abyecto, pero deseé volver  a aquello. Al miedo. Al silbido mortal de las balas recorriendo el aire, pasando de largo, haciendo de la existencia algo intenso y valioso. Explosiones que te hacían celebrar la santa integridad de tu cuerpo como si te hubiera tocado la lotería cada vez. Por aquel entonces a nadie le importaba su colesterol, importaba poder andar, correr. Saltar al cobijo de una trinchera que olía a mierda. Hubiera vuelto entonces a  ese lugar. También a un cuerpo cálido, delicioso, caricias insuperables, un refugio de calor en medio del más absoluto horror que sacudía tu cuerpo. Que sacudía tu cuerpo esquivando la muerte.

Cualquier cosa mejor que el tedio de esta lenta extinción.

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