Anhedonia

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Versión plagiaria de un original de Ana Jimenez.

Cerca había un bosque. No un bosque, una masa de árboles insuficiente pero bastante poblada. Llegaba el olor a acícula, a hoja de pino muy verde. No eran pinos en cualquier caso pero las nubes, una neblina vaga, pusilánime e inconsistente, se apostaba entre los árboles, hacía confuso el aroma de la tierra. De la vegetación. Más arriba el sol y más arriba, o más lejos, en el horizonte creo que relámpagos. Fue hacía al agua, despacio. Primero se detuvo, dejó que una ola dilatada, alargada y espumosa mojara sus pies. No estaba fría. Se zambulló de un modo gozoso, con parsimonia, introdujo la cabeza bajo el agua, cerró los ojos. Emergió. Desde allí vio a su mujer. A su hijo. Ambos jugaban en la orilla a uno de esos juegos incomprensibles. Reglas arbitrarias determinadas  por el niño que se repetían hasta el infinito. Llenar o vaciar un cubo. Dibujar un círculo en la arena, y después borrarlo. La piel  de su mujer era pálida, pero de un color muy vital, un poco sonrosado pese  haber estado apartada del sol el resto del año. Pensó sobre el deseo de ella de tener otro hijo más. O dos hijos más. Se lo había vuelto a pedir la otra noche.  Allí en el agua, flotando lánguidamente él se sentía libre. Dudó, con más hijos a su cargo tal vez no podría dejarse balancear de ese modo con el leve juego de las olas. Mirar las nubes apoderándose del cielo. Siguió observándola, a su mujer,  sumergido hasta su barbilla, el bikini de ella dejaba apreciar su cuerpo, un cuerpo  no intacto desde luego,  pero aún deseable.  Deseable sobre todo desde allí, desde la distancia en la que el concepto de su figura no estaba menoscabado  por las imperfecciones  que la cercanía dejaba al descubierto.  Pensó que esa tarde harían el amor, cuando el niño durmiera la siesta. Se recreó en ello por un rato, supuso que esta vez lo harían del modo que a él le gustaba. Tuvo una erección. No muy lejos de él una chica joven con los pechos descubiertos nadaba boca arriba. Irrumpió en su campo visual, atrajo su atención. Sería noruega, inglesa, alemana. Era rubia.  Permaneció admirándola unos instantes, su erección se hizo más persistente. No hace mucho su mujer era así. Más atractiva incluso. Quiso desechar la nostalgia, apartar la melancolía como el que aparta una mosca a manotazos. Nadó enérgicamente,  nadó alejándose de la orilla. Si se cansaba mucho pensó, sofocaría esa opresión inespecífica de los últimos meses. Era leve, pero tenaz. Su erección había desaparecido después de un rato y entonces sintió ganas de orinar. Lo hizo allí. Lejos de la orilla, en uno de esos lugares del mar en el que encuentras bolsas de agua fría, y luego otras menos frías. Su orina tibia añadió confusión al caos térmico que desconcertaba su piel, pero que era agradable de todos modos. Miró de nuevo el paisaje, era hermoso, apocalíptico, gris y cálido. Después dejó que su cuerpo flotara mirando el cielo. Sintió la inmensidad del mar. Consideró hundirse, dejarse engullir por esa masa acuosa, infinita, oscura.  Vio placer en la escena que imaginaba fácilmente,  el agua  y el salitre entrando por su nariz, en sus pulmones, anegando su organismo. No había dolor para él en ello, en figurárselo de un modo vivo, como algo inminente,  caer al fondo como un objeto inservible dispuesto a ser cubierto por el légamo más tarde. Sintió la paz inmensa de esa imagen, un hundimiento placentero que lo alejaba de la vuelta a casa. El despertador, los recibos, el colegio, el parque. El estúpido de su jefe.  La vejez y después posiblemente una muerte más involuntaria. Más lenta o dolorosa. Una muerte que sería menos suya y cuando  ni él mismo ni su aspecto  se parecieran ya en nada a quien un día fue. O a quien en realidad él creía que había sido.

Siguió flotando. Mirando el cielo. Un relámpago se hundió en el mar a lo lejos, una cuchillada inocua pero sorpresiva. Fue como un escalofrío del cielo. Sin embargo no hubo trueno, o no se escuchó en aquella playa, o él no lo escuchó al menos, cubiertos como estaban  sus oídos por porciones minúsculas de agua marina.  Los anegaba, sus oídos, y causaba un silencio submarino, como si aislara su cerebro y su alma, si es que la tenía,  del resto del mundo. A él eso le daba miedo y a la vez le gustaba. Consideró entonces tener más hijos.  No dos pero sí tal vez uno. Eso le haría feliz a él, al menos por un tiempo, mientras la idea de la paternidad múltiple, de un hermano para su hijo,  fuera una idea incorrupta no contaminada por las aristas de la realidad. Eso le haría feliz a ella también. Lo merecía, ella merecía ese hijo si era cierto que lo deseaba aunque no podía concretar las razones que le hacían llegar a esa conclusión.

Tener más hijos o hundirse allí para siempre. Una ola más grande de lo normal lo zarandeó de forma abrupta, como si alguien quisiera sacarlo de su letargo, su pozo de pensamiento blanco o de pronto negro. Puede que en algún lugar hubiera empezado la tormenta. Tener más hijos o hundirse allí para siempre, pensó de nuevo. Ambas ideas le parecieron oportunas, igual de convenientes.

Igual de absurdas.

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