Amar a Ami Tokito



Yo no creo que esté muerto. No lo estoy. Mira mis manos y sus surcos. Ni rastro de mortandad. No estoy muerto, y si lo estoy no lo parece lo cual es bueno, suficiente. Excesivo incluso. Celebraré la muerte ahora mismo, antes de que venga llevándoselo todo. Tocaré el trombón, las castañuelas. Un chotis, una danza moderna. Y todo porque amo a Ami Tokito. La amo. La amo porque ella lleva gafas y no las necesita, del mismo modo que yo uso muletas, y monóculo, y hago cánticos que son el fin del mundo. Prótesis de partes del cuerpo que ya tengo. Extensiones, correctores en mis dientes perfectos. Mira esta luz de ahora.; no se corresponde ni con la mañana ni con la tarde, ni con ningún momento del día que tú conozcas. Haz cuentas, ata cabos. Porque esto es el final y es una gran broma. Un alborozo. Qué gran amor por lo innecesario. Todo es una broma buenísima. La muerte. En el fondo es una broma. La vida es el puto chiste final. Y hago planes exhaustivos de invadir Japón besando a cada mujer que use gafas. Planes de dejar embarazadas a las mujeres de gafas y voz grave y rota. Inseminando alegría por la extensa tierra. Con llagas en la lengua de tanto besar y gritar te quiero. Lesiones en el pubis, caderas rotas de un modo cálido y dulce. Viajar en bicicleta, reproducirse perpetuando la risa, arrojando flores olorosas, acariciando negras cabelleras de pelo liso y rizado. No estoy muerto me digo, mientras mi vejez es un animal de 180 años que se mueve pesado en mis adentros. Mi vejez que conoce la historia como si fuera un pubis rasurado tanta veces transitado. Metáforas locas en mitad del éxtasis. Celebremos ahora el fin del planeta, en cueros, tapándonos los dientes, y el eco cavernoso de sus adentros. Recuerdos, ahora que frisamos el Apocalipsis raro. Yo que de joven sabía versos y poemas enteros. Poemas de labios que estallaban en otros labios, y de cuerpos que estallaban en otros cuerpos. Poemas que leía agitado, con la piel sonrosada y el pene posiblemente erecto. Esto se va de las manos, pero de qué trata la juventud sino sobre eso. Ignorar a la muerte susurrándole guarradas en el mismo orificio de su oreja. Mujeres de falda larga o corta, de orejas al aire y pelo recogido. Mujeres, mujeres y más mujeres. Beber hasta que todo sea un verso. Nucas que avisan del tortuoso camino que va por la espalda que abrasa antes de llegar al final de esas piernas, de esos tobillos y de esos dedos. Sembrar de besos los senderos. El dolor y el placer hacen su juego, se matan a ostias o se abrazan debajo de la lluvia. Cuánto dolor en la risa. Conversaciones con peces. Cuidadosas. Eligiendo las palabras tan certeramente, acuáticas, con paciencia infinita, como si supiéramos que todo se termina. Palabras que son burbujas debajo del agua, burbujas delicadas en un río de agua sucia donde las piedras acogen con ternura un cadáver. Como si Ami Tokito frunciera los labios en ceremonia de clausura, y ofreciera su sexo obsceno y recatado. El gran chiste final que nunca tuvo gracia. El puto chiste que no hubiera hecho falta contar. Bésame Ami Tokito. Bésame como si tu cuerpo no fuera una pura brasa. Como si toda la piel de oriente no viviera en tu cuerpo. Bésame, y quítate todo, pero por lo que más quieras no te quites esas gafas.


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