UNA MUJER Y UNA PISTOLA

 

Yo estaba en un terraza bebiendo una ginebra y luego otra. La gente caminaba por el paseo marítimo, y había jubilados, parejas, familias y sobre todo chicas guapas, chicas con faldas pequeñas y vaporosas que van exhibiendo su puta juventud, y sus piernas como si todo fuera a ser eterno. O puede que no, puede que fueran conscientes de la prematura marchitez del mundo y por eso enseñaban su piel tersa y acogedora antes de que fuera demasiado tarde. Pero en cualquier caso caminaban solas o con sus novios  y los hombres las odiábamos por ser jóvenes y a la vez nos las queríamos follar bajo la luz de la luna que allí al fondo comenzaba a salir.


La cuestión es que todo estaba bien, más o menos bien; hacía buena temperatura, las gaviotas volaban a lo lejos, y yo leía un libro de poemas de Auden o un libro de cuentos de Nuñowski. Entonces en la mesa contigua se sentó una pareja a la que no podía ver pero a la que oía. Yo miraba mi libro pero en realidad estaba oyendo las palabras casi susurradas de ese hombre y esa mujer, y a la vez disfrutaba de la brisa acariciando mi rostro. -¿Qué vas a hacer con el chico?- preguntó la voz varonil. Y luego ella sembró un silencio oportuno, largo, lleno de conjeturas. Uno de los dos balanceaba el vaso haciendo golpear los hielos entre sí. Las olas hacían su rumor leve de fondo y en algún lugar sonaba algo de Miles Davis. -Lo voy a matar. Y a ella también-contestó la mujer con aplomo.  Me aferré al vaso de ginebra y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pareció que las gaviotas comenzaban a graznar repentinamente sobre un mar más oscuro.


Afiné el oído y de nuevo el ruido de los hielos sustituía a las palabras de la pareja. Miles Davis seguía a los suyo y yo miraba el libro como el que mira a un muerto. Los efectos del crepúsculo se hicieron más evidentes en la tenue luz del litoral.  Alguien encendió un cigarrillo y luego expulsó placenteramente el humo. -¿Qué te parece? – interrogó ella. Pensé que esa voz tan bonita era muy apropiada para una asesina. Si alguna vez me mataban quería que fuera ella -¿Dos más? ¿Con la misma pistola?- En las palabras del hombre había gravedad pero también una hiriente monotonía. Tuve la conciencia  de que aquella conversación era habitual, rutinaria-¿Por qué no?  – Imagine a la mujer gritando palabras sucias sobre un cadáver, y me pareció bien. Muy bien. Puede que en ese momento tuviera una erección y me figuré una pareja sin rostro besándose, con sangre en la comisura de sus labios,  junto a dos cadáveres  jóvenes y hermosos.


Sopesé llamar a la policía, contarles todo, pero luego sentí una pereza milenaria; Me tomarían por loco, me harían cientos de preguntas que tal vez no sabría contestar  y no me dejarían beber ginebra. Pagué la cuenta y esperé sentando observando el mar. Luego vi que a lo lejos, por el paseo marítimo se acercaba  una chica rubia con una minúscula falda blanca y unas piernas fabulosas. Me pareció que tenía poco pecho pero seguirla un rato era  una idea tan buena como cualquier otra.


Sentí ganas de darme la vuelta disimuladamente  antes de irme  y comprobar si la asesina era tan atractiva como yo pensaba. Supuse, no sé por qué, que tendría unos ojos miopes, y el pelo rizado y negro,  y pensé que al menos debía dedicarle una mirada de desprecio. Pero luego consideré que si mataba a esas personas alguna razón habría. ¿Acaso no arrastramos todos alguna culpa?

-Seguro que al resto de guionistas les va a parecer fatal- oí que opinaba el hombre mientras yo me incorporaba de la silla concentrado en el armonioso balanceo de un culo y las notas de Miles Davis.

 
 
 
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