Venecia

No sabía qué hacer con aquel montón de papeles. Todo era confuso. Un carrusel raro. Los sonidos que acechaban el lugar eran confusos. El futuro y el pasado eran confusos. La luz que llegaba del cielo era confusa. Puede que estuviera anocheciendo, o puede que estuviera amaneciendo. Imposible saberlo. Daba igual, aunque yo deseaba que lo siguiente fuera la luz del día y el ruido de las gaviotas. Siempre me ha gustado el ruido de las gaviotas, el ruido de las especies carroñeras  incluyendo el sugerente ruido de  los humanos. Es bueno aprovechar la suciedad de la tierra, hacer de eso un alimento. No hay nada de malo, sólo supervivencia.  Una virtud cantando saetas en medio de lo precario.

En cualquier caso allí  había un precipicio y algo que era el mar, o que parecía el mar. Una oscuridad perpetua, inestable y acuosa como la verdad del mundo. Había su rumor de oleaje, la descomunal voz del universo con su garganta profunda. Yo miré a lo lejos sin ver nada y  me acordé de tus pechos. La decadencia italiana de tus pechos, tu paciencia escuchando la rotación del mundo, el silencio de los alacranes, la fría piel de las serpientes.

 Luego me volví a acordar de tus pechos, su arquitectura antigua pero apropiada.  Y poco a poco del resto de tu cuerpo.  En italiano, me explicaste,  cuerpo se dice “corpo”. Corpo suena a muerto. La mansa llegada de la putedumbre. Suena a cadáver fresco y su aderezo rojo. Corpo. Allí brillaba aún el recuerdo nuevo de lo que fue exuberante. La hermosura renacentista de tus labios.  Llévame a Florencia o bésame en silencio. O háblame con tu castellano destartalado que me pone caliente como un desierto.Luego me puse a leer, a examinar los papeles,  acercándolos mucho a mi rostro. Tanto que era ridículo verme. Tanto que casi las letras tocaban mi retina y tanto que casi no había lugar entre mis ojos y aquellos folios para dejar entrar la luz rara de esa hora oscura.  Poemas, besos, promesas, felaciones y amor. Todo estaba conectado en medio de la confusión. Celulosa, lágrimas y humores del cuerpo. Todo giraba contra todo, pensé. Estamos hechos para vivir y morimos. Estamos hechos para ser amados y nadie nos ama. La paradoja es la emperadora del mundo. Quería que cada frase fuera un templo. Quería que mis palabras fueran del duro granito.

Ven con tu cuerpo indefenso. Bésame bajo el sol. Bésame como si recorriéramos canales. Bésame frente a una gasolinera, en un cruce y detrás de unos grandes almacenes. Un hombre te abandona y otro te recoge. Tu desconsuelo azul. Disfruta mientras dure. Si puedes.  Tu cálida decadencia. Susúrrame “bello” al oído. Bésame y te quiero. La mentira es el dulce bálsamo al dolor del mundo.  Abandona tu país, huye del lacerante recuerdo. Abandona tu país y su hermosura antigua. Un sueño a la deriva, víctima indefensa  para mis ojos verdes.  Déjame tu cuerpo abandonado como un fuego difunto. Déjame sacarte el dolor de las entrañas por un tiempo. Déjame el calor de tus entrañas. El cariño es un apartamento que se alquila por meses. Dame tus cartas de amor, su música que parece una misa en latín. Hazme preguntas extrañas sobre este país roto de arriba a abajo.

Y ahora estaba allí, frente al mar, conversando con el silencio inocuo de los peces, con el viento que se lleva la culpa o la zarandea al menos. Sosteniendo absurdamente esos papeles, tus cartas de amor inflamadas.  La débil persistencia de lo cierto. Estarás a la deriva y rota. Otra vez. Tus cartas. Poesía italiana y nefasta. No te pongas así, no eres la primera. Otro querrá tu carne y su dolor de catedral vieja. No me hables de Romeo, no te pareces a Julieta. Sólo tenías tu cuerpo y no por mucho tiempo. Cambia de bragas, ponte tetas. Conserva tu acento de puta cara. También el brillo raro de tus ojos tristes. Haz dieta y córtate el pelo. Otro hombre te recogerá. Ascuas de un fuego vivo y antiguo. Tu calor vicario, tu dolor nutrido por la precisa farsa de mis palabras.

 Arrojé las cartas, hicieron un vuelo múltiple y caótico y blanco sobre el mar negro.
No hace falta que me devuelvas los libros.
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