RECITAL DE POESÍA MUSICAL

Se ponía a cuatro patas así, muy bien, y la falda le quedaba grande, amplia, como si fuera a desaparecer sepultada entre el tejido. Y también quedaban ridículas y extrañas esas bragas con una holgura imperceptible en esa cintura mínima. En la radio sonaba la quinta sinfonía de Beethoven, regia, fragor desatado y de fondo la casera golpeaba la pared, pidiendo su dinero,  quejándose por el ruido, supongo, o por la vida y su vejez, o por el mal olor del mundo, quién sabe. Y la chica se reía, desdentada y yo me incorporaba de la cama, y golpeaba también la pared, más fuerte, y enseñaba también mi dentadura mellada, con las humedades del techo esperando a ser interpretadas, como las señales del cielo, inescrutables  manchas en las paredes, curiosos vestigios en el colchón, en la almohada, lamparones divinos que esconden el futuro.

Y luego ella, no sé por qué -yo no se lo pedí- se sujetaba sus pechos descomunales  con las  manos  y con ello lograba combatir el fatal efecto de la gravedad sobre esos senos tan generosos, tan ridículamente desproporcionados a su cuerpo casi extinto. Después le dije una guarrada, apretando fuertemente mis labios ungidos de líquidos y humores, contra su tórax. Algo tremendo, fílmico, lírico,  haciendo resonar mis palabras graves en la levedad de su caja torácica, retumbando con un sonido jodidamente carnal,  como si en su eco pudiera encontrar el eco que buscaba, el eco perdido  que en realidad no era el mismo.

Quinta sinfonía de Beethoven, un sonido limpio y atronador. La conocí en el hipódromo, esperando para apostar por un caballo que pesaba como unos mil kilos más de lo recomendado, anciano hasta para mantenerse de pie. Pero si ganaba asaltaba la banca tío, lo podía lograr y yo quería hacerme rico o morirme, lo mismo daba. Así que allí estaba ella delante mío, con un grano de pus reluciente en su nuca, inmenso y más abajo tenía un culo glorioso que  me recordó algo al de ella pero no demasiado. Y yo no sabía a dónde dirigir mi mirada si a ese grano que brillaba como una luz de galibo o a ese trasero aceptable y permisivo.  Y pensé que podía parecerse, que tal vez se daría la vuelta y haría la mueca de burla que solía hacer ella y se dio la vuelta y no hizo la mueca pero olía bien, una de esas flores que emergen inexplicablemente en medio de la mierda.

Cuando llegamos a mi habitación ya llevábamos cuatro cervezas o cinco,  y le dije todo lo de que su culo y su espalda me entusiasmaban. Huesos y carne moviéndose dignos en la mugre de las ciudades. Pero evité hacer comentarios sobre su rostro, o sobre sus ojos. Algo le pasaba en los ojos. Una pátina de suciedad en el iris. Y la cerveza era muy barata, pero era lo único barato que podías encontrar sobre la tierra. Yo necesitaba más cerveza y más amor. Entonces ella me susurró que yo tenía unas piernas estupendas, y es cierto. Me quité los pantalones y ella unas medias con mas agujeros que mi propio corazón y le dije ponte esto, nena y ella se lo puso. Ahí fue cuando vi lo grande que le quedaba la falda, y la camisa, y las bragas que le había dado, y que las bragas no estaban limpias como yo pensaba y que no iba a ser lo mismo en la puta vida.

Quinta sinfonía de Beethoven ensordecedora. Date la vuelta, así a cuatro patas y yo me la trajinaba, no sé si hasta hacerle daño, con mis gemidos silenciados por las limpias notas de la radio, quinta sinfonía, con sus gemidos oprimidos por la sonoridad de los míos, con mi pelvis siguiendo el sincopado ritmo de los golpes de la casera contra la pared, cerrando los ojos fuerte, muy fuerte. Dilo -le grité- dilo, y luego ella dijo una a una las frases que le había enseñado, pero no lo hacía bien, no, y la falda le quedaba grande, y la camisa le sentaba fatal y yo cerraba los ojos muy fuerte, intentando recordarla. Pero era inútil, la casera golpeaba frenéticamente la pared, una locura, sufriendo por terminar, sudando,  bombeando como una puta  máquina enferma y  descontrolada.

Y aquello no era lo mismo pensé, porque ninguna de esas furcias  sería como ella. Ni una tonelada de mujeres desnudas sobre ese sucio colchón borraría el lacerante recuerdo de su cadáver ridículo y despreciable, ahogado en vómitos en la esquina más asquerosa de esa misma habitación. Ese cadáver frente a mi cuerpo sacudido por el alcohol y la desesperanza, incapaz de hacer algo por salvarla. Quinta sinfonía. Buscando en las putas de la calle su mirada virgen, su coño caliente, fulgor en los adentros. Su coño comprensivo ahora pasto de gusanos.

Anda límpiate, -le ordené- y ella con una esquina de la falda frotó su espalda, justo encima del culo para limpiar mis lágrimas y el resto. Y mientras en la radio no paraba de sonar la quinta sinfonía.

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