Obsolescencia II

Una vez estuve enamorado de la panadera. Fue bonito aquello. Yo es que no comía pan y un día, por razón de una cena con amigos, que me visitaban a casa, me acerqué a comprar un par de barras y allí estaba ella. Tampoco es que fuera un uniforme lo que llevaba, era una especie de guardapolvos verde pero le sentaba de maravilla. Debajo vestía una camisa blanca no muy ajustada, pero sí como vaporosa que favorecía su figura. Se llamaba Nadia, así rezaba al menos una pequeña placa que relucía sobre su clavícula izquierda, y el primer día era rubia aunque al segundo se había teñido el pelo, y era morena. A mi morena me gustaba más.

Lo que hacía, todo por verla, era comprar media barra por la mañana, y luego media barra por la tarde. No sabía que hacer con el pan, y bueno, empecé a comérmelo. Esto me hizo sentir bien. Descubrí que incorporar pan a mi dieta facilitaba mi tránsito intestinal, y adelgacé un par de kilos, tal vez tres. Eso me dio confianza. Me sentía atractivo y la sonreía viendo cómo ella introducía su delicada mano en un guante de plástico, seleccionaba la barra, y después envolvía amorosamente la mitad en una finísima cuadrícula de papel cebolla. Luego me la entregaba con sus ojos de un color marrón que verdeaba a ratos. Preciosos.

De las mejores cosas era cuando partía la barra por la mitad. Con firmeza y decisión empuñaba un largo cuchillo dentado y con un corte certero y rápido la seccionaba. Había algo muy carnal en ello, o al menos yo así lo veía. Era como el contrapunto a su delicadeza general. El típico gesto que a los chicos nos hacen pensar de una mujer que en la cama es una pantera.

Siempre pagaba la barra con un billete, procurando que tuviera que devolverme cambios. Nadia no era de las que dejaban monedas sobre el mostrador. No. Ella las depositaba directamente tu mano, produciendo un inevitable contacto, una cercanía que demostraba que era alguien honesto y de fiar. Además tenía las manos muy suaves y cálidas.

Nuestra relación se fue consolidando. Lo notaba. Por ejemplo una tarde le pedí educadamente; -Media barra, por favor. Y ella, sonriente, ojos brillantes, me respondió: – Media barra ¿de qué? Esa broma era un claro síntoma de su acercamiento, como también lo era que en ocasiones ya no se molestaba en usar el guante de plástico para recoger mi media barra, dejando trazas de su cutis, de su piel hidratada sobre la superficie tostada del pan que yo frotaba sobre mi rostro al llegar a casa, sintiendo la agradable mezcla olorosa del pan recién hecho y de su cuerpo joven.

Verla dos veces al día ya no calmaba mi obsesión, así que incorporé a mi dieta unas miniaturas, que adquiría a media tarde y que fabricaban en una variedad interminable. Fue prodigioso presenciarla en ese estado de raro suspense, mirándome fijamente, hermosa, centrando toda su atención en mis instrucciones, chasqueando graciosamente en el aire unas pinzas, con las que atentamente iba una a una atrapando las pequeñas confituras que yo le iba señalando. También probé los “muffin”, las “cookies”, los “brownies”, la “magdalenas caseras envasadas en tupper”, las rosquillas de San Blas y hasta los pedos de monja.

Una vez estuve enamorado de la panadera. Engordé 20 kilos.

Cuando me sugirió que me pasara al pan integral con avena me sentó fatal.
Además a mi nueva dietista la bata blanca le sentaba estupendamente.

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