Viktor

Se preguntaba si los cristales polarizados dejarían ver el interior del automóvil. Circulaba a más de 80 millas la hora. A su derecha una superficie yerma y amarillenta se extendía inmensa, bañada por un sol inmisericorde. De pronto un cartel publicitario al margen de la autopista anunciaba la final de las grandes ligas y entonces Viktor se acordó cuando de joven intentó ingresar en el equipo del instituto. Bauman, el maldito judío de 4º fue el encargado de lanzarle la bola mientras el míster examinaba atento en la banda a los nerviosos aspirantes. Ese maldito judío era bueno, tan bueno que sólo voluntariamente pudo arrojarle la pelota justo entre un ojo y otro. Cuando su nariz terminó de sangrar ya se habían cubierto todos los puestos del equipo. Te han cegado los rayos del sol , le dijo Bauman riéndose bajo un cielo encapotado.

Por aquel entonces Viktor estaba en tercero, el año en que el cuerpo de su madre apareció extendido en el suelo bajo su cama. Cuando Viktor llegó a casa y entró en el dormitorio sólo se podía ver las espinillas de su madre asomar bajo el somier, inmóviles, como los mástiles abatidos de un barco naufragado. En una de sus piernas había la postilla de una herida antigua y sólo pudo llamar a la policía después de pasar diez horas absorto, observando el insólito espectáculo. Viktor se sintió culpable durante años, por haberlo dejado sola y siempre se recordó sintiéndose culpable antes de hallarla muerta, por haberla dejado sola, en aquel oscuro día mientras regresaba del Bar Mitzva de Feldman.

Viktor no fue nunca a visitar a su padre porque lo ingresaron en una prisión a 4.000 millas de Amberwood (Arizona) donde se instaló a vivir con sus tíos en una granja de patos. En aquella granja había más de 500 patos que eran alimentados y sacrificados con estrictas reglas que los convertían en kasher, y que luego se vendían a muy buen precio. El tío de Viktor que era alcohólico, le imponía duras jornadas laborales y Viktor no soportaba el ensordecedor ruido de los patos y odiaba a su tía por no salir en su defensa. Por aquel entonces tuvo un sueño muy recurrente en el cual unos patos gigantes violaban a su tía hasta hacerla morir mientras su tío observaba riéndose sonoramente.


Un día lluvioso vertió por error un pesticida en los depósitos de agua de los patos y más de la mitad fallecieron. La otra mitad quedó inservible. Viktor recibió una paliza brutal de su tío y después se trasladó a la finca que tenía en New Hope (Arizona) su abuela que acaba de enviudar y estaba muy enferma.

Viktor estaba ya en 6º, en el high school de New Hope, y era el curso que popularmente se conoce como “el año en el que a las chicas les crecen las tetas”. Todos sus compañeros de clase andaban con chicas. Luego dejaban a esas chicas pero las cambiaban por otras chicas, de modo que hacían girar a las chicas en un circuito en el que Viktor no lograba entrar. Su enorme nariz ganchuda galardona con un acné galopante, asustaba tanto a guapas como feas.

Sin embargo una tarde en una fiesta entró en tratos con Madelein una chica obesa que accedió a acariciar el pene de Viktor en la puerta de atrás del gimnasio. Madeleíne acudió la noche siguiente a casa que Viktor compartía con su abuela, nada más entrar, Madelein sintió la atmósfera de la enfermedad, los miasmas que la abuela dispersaba en el ambiente con cada respiración enfermiza y agonizante. Aún así subió al cuarto de Viktor y en su cama dejó que este tocara sus exiguos pechos. Cuando la abuela reclamó al nieto para unos cuidados, Madelein curioseando descubrió en la habitación una libreta de Viktor en la que había ido pegando fotos de piernas de mujeres. De niñas. De mujeres con minifalda, o no, pero siempre sólo las espinillas y con heridas. Muchas con heridas y magulladuras. Sobre algunas, cientos de fotos, medias piernas, Viktor había pintado eritemas rojos, cruces gamadas rojas. Por los comentarios manuscritos quedó claro que Viktor encontraba un placer sexual en esas fotografías que había ido rescatando de revistas y anuncios durante muchos meses. Cuando Viktor regresa Madeleine le dice que no quiere verlo nunca más, que es un cerdo y que esto no es un de un buen judío, ¡¡¡yo no soy judio!!, respondió Viktor, peor aún, grito la chica mientras salía a la calle y hacía ingresar su obeso cuerpo en la encapotada noche.

Cuando la abuela murió, Viktor alquiló un piso con el sueldo que ganaba en una ferretería de la que le echaron cuando la adquirió un adinerado judío que abrió allí una peluquería. Viktor iba de trabajo en trabajo sin encontrar nada estable. Un día entabló conversación con una chica llamada Metuka , casada con un hombre que la hacía desdichada, con la que se besó apasionadamente, a la que miró de una forma desconocida para el mundo, y ella le dijo que podían escaparse juntos de ese pueblo de mierda, y en sus palabras había más verdad y amor que la que cabía en todo el estado de Arizona. Allí se hicieron una promesa, la de escapar al día siguiente, un promesa irrompible y sólida, irrenunciable. Viktor preparó las maletas esa noche y se comió un yogur marca Mendelsson, al parecer en mal estado, que le produjo una descomposición brutal. Por la mañana amaneció con tormenta y Viktor débil, incapaz de moverse y de acudir a la cita, sentía el fulgor de los relámpagos como pedradas en el alma. Meses más tarde recibió una postal de Metuka en la que contaba que estaba embarazada de un rabino pendenciero, así decía en la postal, rabino pendenciero.

Tras leer la postal Viktor se dirigío a la amería Schneider y adquirió un revolver Colt Anaconda con el que entró a la sucursal bancaria de Rothschilds minutos antes de su cierre y allí disparó en la frente al director, y al cajero, y a la recepcionista la amordazó, le realizó unos cortes geométricos bajo la rodilla para después masturbarse sobre las heridas. Después de matarla colocó cuidadosamente su cálido cádaver bajo una mesa. Después huyó en un coche alquilado con cristales polarizados que conducía a mas de 80 millas a la hora y ahora circula por la autopista junto a un cartel anunciador de la final de las grandes ligas , bajo un sol inmisericorde, y mientras sonríe y recuerda, está a punto de cruzar la frontera con diez millones de dólares en el maletero




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