Bañador Añil

Tenía algo de carnal, y además amenazaba lluvia, caminar por aquellas calles. Sentía pudor mientras recorría las oscuras esquinas del centro, pequeña ciudad intrincada, soñando que te encontraba, y que seguías teniendo tus hombros morenos y jóvenes, con sus tirantes blancos de sujetador o tu bañador añil. No era buena idea, o al menos no lo parecía. Marcharte cuando agosto languidecía y éramos jóvenes. Delegar en el destino, nada de teléfonos ni direcciones. Yo te lo dije mientras tú subías al autobús y el chófer no se quejaba de que fueras la última y que te movieras lentamente mientras me mirabas y seguías pestañeando poco. La brisa era agradable y el rumor del mar. Llevabas minifalda y te juro que sin embargo yo sólo esperaba que al que le dijeras adiós fuera al chofer y no a mí.

Así que 20 años después yo seguía sin reñir contigo; no sabía si roncabas, si tenías varices o úlcera de estomago. En mi recuerdo sólo tu piel tersa y cálida con su juego de claroscuros veraniegos – nadie hacía topless en aquella época- y un librito con crucigramas que llevabas contigo y yo completaba con palabras que creía hermosas pero que tal vez no lo fueran.

En veinte años todo se puede torcer. Generalmente se tuerce con la caprichosa voluntad de la fortuna. Su dejadez y olvido. Y en conclusión yo ahora caminaba junto a mi mujer, dos hijos y una suegra. No estaba yo convencido de visitar esta ciudad. Tú ciudad. Algo me invitaba a hacerlo y otro algo me aconsejaba permanecer alejado de ella. En esos momentos pensaba que mi suegra podría atorar las calles más estrechas del centro. Con sus 180 kilos en movimiento podría colapsar el tráfico de las avenidas, provocar estampidas de seres inocentes.

Mis hijos eran odiosos. Por lo que oigo en el trabajo todos los hijos lo son. Los míos además eran feos. Yo miraba a mi mujer y pensaba que la naturaleza conspiraba, que me estaban dando gato por liebre. Cuando la conocí no era gran cosa, pero me garantizaba un desahogo venéreo bastante decente. Tenía sus curvas colocadas en sus lugares, parecía sana, no se le iba la mano con la sal en la cocina.

Pero cuando mi suegra desembarcó en casa –como un Queen Mary II decrépito y destartalado- la realidad golpeó con una contundencia insoportable. De pronto vi en mi mujer una semilla diabólica de mi suegra. Una aspirante a emular su odiosa forma de ocupar el mundo. El parecido se me antojó grotesco, como una sombra acechante. Por la noche me despertaba súbitamente con sudores fríos pensando que era mi suegra la que roncaba a mi vera. Su olor. Por dios, ese olor. El olor de la decadencia, de la obesidad. Ese olor compartido por las familias que yo luchaba por evitar. Y mis hijos. Tan feos. ¿Por qué eran tan feos? Aprendían las coletillas de mis suegras, repetían sus mismos chistes y parecían adquirir sus mismas manías.

Nada más tu recuerdo me quedaba. Tu amor fugaz pero tal vez por eso verdadero. Constantemente invocaba tu cuerpo. El qué pudo ser. Tu cuerpo. El olor a aftersun que aún hoy me produce una erección involuntaria. Y ahora temía verte. Como si un soporte pudiera venirse abajo y yo con él. Un hilo delicado que me sostenía precariamente. Un punto de luz en lo oscuro. Lo temía mucho. Puede que no quisiera saberlo. Y por eso me di la vuelta- aunque ya tarde- y salí corriendo para perderme por esas calles estrechas, llorando, el pecho oprimido, sintiendo la inclemencia, la cruel estafa de mis sueños- o la cruel estafa de todos los sueños- cuando mi suegra saludó a aquella mujer inmensa, y la llamó por tu nombre, y luego la llamó prima, cuánto tiempo sin verte, prima, cómo te va, y les hizo carantoñas a esos niños tan horribles como los míos –como todos- Y esa imagen, la de esa mujer maltratada por los genes y el tiempo, atroz e injusta, reverso preciso y exacto de mi recuerdo, cubría y anulaba impudorosamente y por siempre en mi memoria el recuerdo de aquella joven chica del bañador añil.


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