El Geranio

El geranio se mantenía verde. Todavía no había dado sus flores rojas – o rosas, no recuerdo- pero la maceta era colorida y brillante. Ella se sentaba en su pequeña terraza, con el pelo despeinado y una bata que si no era sugerente a mi me lo parecía. Cada mañana, al despertar, me levantaba rápido para asomarme a mi ventana y observarlos al geranio y a ella, juntos en un silencio que parecía sobrevivir a la marabunta de la calle. Por lo que me comentó el portero de mi finca, aquella mujer vivía allí desde mucho antes de que yo llegara al barrio. Yo ya había advertido su presencia por las calles cercanas. Siempre me pareció atractiva. Tendría unos cuarenta años, el pelo negro y lacio, los ojos claros. Una vez tuvo un perro pequeño al que paseaba por la noches.

Desde hacía unos meses ya no la veía bajarse del autobús con su gabardina, caminar con una carpeta bastante grande o comprando el pan con esos vaqueros desgastados. Ahora pasaba el día en su pequeña terraza. En la terraza sólo había una silla y un geranio. Nada más. No sé dónde tendía la ropa o si vivía con alguien más. Creo que no. Me preguntaba si alguien cuidaría de ella.

Cuando ella se sentaba, mirando el infinito con su hermosura cada vez más frágil yo pensaba que aquello era un altar. En cuanto llegaba del trabajo me ponía a observarla, dejaba mi casa en silencio y luego imaginaba que ese silencio hacía una especie de juego con el suyo. El geranio, ella y yo aliados ante la indiferencia de los coches y autobuses, de los viandantes absortos en la atronadora música que salía de sus auriculares que parecía empujarles a sus destinos urgentes, del estrépito de un mundo que parecíamos esquivar. Yo pensaba que ella obtenía una calma igual, una quietud sanadora, una especie de paz, por decirlo así. Creo que nunca supo que la observaba.

A veces cuando disimuladamente retiraba las cortinas de mi ventana ella no estaba en su balcón. Me ponía nervioso, rezaba para que las ambulancias no pararan en su portal. Luego me sentía mal cuando veía que su delgadez, cada vez mayor, la hacía mas guapa a mi ojos. Me gustaba su rostro pálido y una mirada cuya claridad parecía crecer con el tiempo. Me avergonazaba al mirarle las piernas. Yo veía un esplendor en su blancura ya demasiado grácil. Constantemente ella contemplaba el geranio cada vez más verde, más dispuesto a dar su flor y luego sonreía. Era una sonrisa dolorosa pero yo cerraba los ojos y pensaba en besarla. Pensaba que la abrazaba fuerte y que casi se deshacía entre mis brazos.

Un día al regresar de un viaje en su balcón sólo había un geranio con unas flores exuberantes y rojas – o rosas, no recuerdo- y había desparecido la silla. Ahora aquella terraza parecía inmensa. El molesto sonido de la calle parecía haberse instalado en mi casa.

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